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AÑO: 2002 - 1er PREMIO.
CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR.
Por entonces, mi madre en el regato
expurgaba las miserias
ajenas,
restregaba las
mugres y las penas
y oreaba su llanto
en los carrascos.
Cuando la senectud
delirante se sentó de plano en la cabeza de Aurora Rodríguez, su voz
niña le regresó a los labios hilvanando presencias en su memoria
zurcida de jirones de antaño.
Se le perdían las vistas
por el balcón abierto del octavo piso, desde el que aún percibían
sus ojos la sierra nevada, y las lejanías de encinares verdes que le
entraban a borbotones en la retina por sobre los tejados rojos de la
ciudad, a la que la llevaron los hijos para redimida de sus
soledumbres.
Aurora Rodríguez nació
tan pobre que su familia ni siquiera pudo ofrecerle un apodo digno
que la identificara, aunque eso sí, se permitió el lujo de llegar al
mundo estrenando siglo: el trece de enero de mil novecientos.
Su padre, que ejercía de
carbonero en otoño, de pastor todo el año, de esquilador de
temporada, de veterinario cuando el caso lo requería, de dulzainero
en la fiesta, de oprimido de día, de soñador de noche, de maestro
ocasional, y de pobre siempre, sólo se sentía desgraciado cuando
pronunciaban su nombre:
- Mi’a tú, chacho, que
no aligenciarían otro nombre en el santoral más que Cipriano. Y como además era medio poeta, rimaba pareados con las tres últimas letras, y las risas de las hijas hacían tambalear los cimientos del chozo, y la luna chamuscaba el cobertizo derritiendo la escarcha dura de los inviernos de antes
A Aurora Rodríguez le
crecían los soles entre el pelo y entre las manos mariposas blancas,
cuando de bien párvula tuvo que aprender a expurgar las miserias
ajenas en el regato roto de carámbano, a cargar con un cántaro al
cuadril y la herrada de zinc a la cabeza, a ser madre de su hermano
Quico y de las mellizas, a los que enseñé a andar a pasos zambas por
trochas de peañas ribeteadas de quitameriendas, y los cinco lobitos
bailaban en sus dedos por acallar el hambre de las chiquitinas que
abrían siempre la boca para mamar el aire de los montes, y en un
descuido de ella se zampaban los cascabullos vacíos o los cagajones
secos.
Apenas cumplidos siete
años, raquíticos y escasos, ya era una mujercita capaz de regar el
barro del suelo del chozo y echarle el mecido a los marranos. Aquel
verano se subió sola al trillo y a la burra Florita, encima de la
cual recorría las fincas repartiendo la leche que le cargaban en
cántaras metálicas en las aguaderas.
Si a algún juego jugó fue
al de buscarle formas a las nubes: se sentaba al serano a la puerta
del chozo, y el cielo se le ofrecía embarañado como un bazar exótico
de dioses a perra chica el par. Por eso de mayor fue hilvanadora de
versos campesinos que germinaban al chupón, mientras removía encima
de la trébede las patatas meneás hirviendo en el puchero.
Con la edad superó el
terror a los nublados y a los toros bravos. Aguantó el daño en los
cabañales cuando los caminos le mordían los pies por las cañadas
rumbo al agostadero, que pasaba de Castilla a Extremadura sin
enterarse de que hubiera límites poniéndole otro acento a las
palabras, porque el sol y los pájaros eran los mismos, volando
siempre sobre sus cabezas.
Llegó el invierno y se
fue su padre a pastorear las ovejas divinas. Eso le dijeron. Y
encima del luto, le vistieron el mandil de rayas, la mandileta lo
llamaban entonces, del que no se despojaría el resto de su vida. Su
madre lloró viéndola tan chiquita trajinar de rolla con los hijos
del Ama, más rollizos y lucidos que ella, pero se consoló pensando
que al menos comería y disfrutaría de otro calor que le dibujaría
cabras en las canillas, que era mejor color que el de los sabañones
que se le hospedaban en sus dedos vírgenes sangrándole escozor.
La leche migada obró el
milagro en su naturaleza, y de repente se hizo moza hermosa de
catorce años, y como las demás, testigos de la llegada al pueblo del
ferrocarril, Aurora Rodríguez, solía ir a la estación a ver pasar
los primeros trenes, que fueron todo un acontecimiento, y las ganas
de conocer mundo se le ponían de puntillas sobre sus alpargatas
rotas y el vapor que lloraba la máquina le emborrachaba los
presagios y sus deseos se desvanecían entre las trincheras como el
humo del tren. Y harta de arrullar niños ajenos, le dio por soñar en
casarse con un ferroviario.
Y se casó con un
ferroviario, mocetón de buen ver, para arrullar los críos propios.
Siete parió y otros tres que amamanté porque las madres no tenían
leche, aunque bien fanfarronas estuvieran. En agradecimiento le
pagaban con sangre de la matanza que tenía mucho hierro, y algún
cuartillo de calostros de cabra, por la cosa del calcio.
La muerte, que no
entiende de edades, madrugó temprano para robarle al hombre. Y otra
vez fue el barreño de zinc a la cabeza, y el cántaro al cuadril, y
expurgar las miserias ajenas por remendar las propias.
Cuando al pueblo llegó la
televisión, metieron el agua en casa, y sacaron a los muchachos a la
emigración, el cuerpo de Aurora Rodríguez que había parido siete
hijos en casa (y tres que amamantó), se fue haciendo luna en cuarto
menguante, mirando por el balcón del octavo piso de la capital, y
una tarde de otoño, de crepúsculo aborrajado malva por el horizonte,
se le cerraron los ojos perdidos en el monte divisado lejano por
sobre los tejados. En silencio murió, igual que había vivido,
pidiéndole disculpas a su suerte. Se despidió con un suspiro largo,
desabrochada el alma hasta el comienzo de su viejo y cansado
corazón, el que tuvo siempre alindongado para celebraciones aunque
tuviera el gozo en cuarentena en luto permanente: negra infancia de
huérfana y negra juventud de viuda y madre pobre.
Ahora cuando sus nietas
regresan por los Santos a visitar su tumba, ya no encuentran mujeres
con el zacho en la mano entresacando remolacha, ni atarinas echando
haces al carro, ni trillicas, ni trillos, ni lavanderas frotando en
el regato. Ni regato siquiera.
El aire huele sin
sustancia a caldo en olla en exprés y a pizza primavera, y no a
lumbre de encina y hojarascas calentando los hierros para hacer las
obleas. Las noches de noviembre siguen siendo oscurísimas después de
dar las ocho. Y por las calles solas, vacías de ruidos, pasea una
tristeza como antigua, silenciosa y espesa, rota por la bocina de
algún coche con prisa por llegar a Portugal.
Y los niños, que hay
pocos, son de la capital. Afortunadamente ya no paren las madres
entre las dos tinajas a las que se agarraban para el alumbramiento.
Es más, ya no hay tinajas donde echar en adobo la memoria. Aquel
recuerdo añejo que nos va acrecentando las edades.
El progreso ha vestido de
asfalto las callejas de barro y ha cerrado las puertas de la
escuela. Los pequeños aprenden a leer para enseguida subirse al
autobús de la Eso, carretera y susto. Preocupación constante de las
madres, que por más que gocen de libertad, hagan gimnasia, trabajos
manuales, y se inventen un centro cultural, siguen fieles a sus
obligaciones: la comida en la mesa a la hora en punto, aviar a los
niños, echar a los marranos, recoger de los niales los huevos, los
tomates del huerto, encerrar a las vacas vara en mano. Y creo
adivinar, en los silencios de sus sentimientos, que la mayoría
siguen mirando a la vía sin tren, soñando con algún despistado que
equivoque la ruta y las lleve de vuelta por el mundo para escapar de
la quietud de rural. A pesar de que tengan el coche a la puerta. A
pesar de que cualquier tiempo pasado fuera mucho peor.
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