AÑO: 2003 - 1er  PREMIO.

 

LA MALETA

Valise

Miró su maleta, era como ella, demasiado vieja y pesada. ¡Llevaba la carga de tantos años...! Años de esfuerzo, de trabajo, de sacrificios y de añoranzas; añoranzas que inundaban su vida, haciéndola triste y melancólica.

La ciudad, a la que emigró, no llegó nunca a satisfacerle.

En su corazón rural permanecía una herida que no cicatrizaba jamás. El bienestar, el confort, el dinero..., del que ahora era dueña y señora seguía sin llenar ese vacío que sintió, por primera vez, aquella fría mañana de invierno, al subirse al coche de línea en busca de un futuro más halagueño que el que le deparaba la vida en su pueblo, carente de esperanzas.

Hoy, al contemplarse en el espejo, vio como las canas inundaban su pelo y las arrugas empequeñecían su mirada con un deje de nostalgia. Algo le seguía consumiendo por dentro.

No lo pensó más, iría en busca de sus raíces; eso era lo que, sin saberlo, tiraba de ella como una soga invisible.

Sus hijos ya no dependían de ella; eran mayores de edad y habían echado alas para volar libremente por el escabroso e intrincado camino de la vida. Por ellos había dejado ella la mayor parte de su vida para dejarles un futuro mejor que el suyo. Por fin, ya no la necesitaban para caminar y volar.

Era el momento de reencontrarse con su aflorado pueblo.

En los primeros años de emigrante, soñaba cada noche con sus calles, sus gentes, sus campos, sus... Nadie es capaz de precisar en qué lugar del cerebro se guardan los recuerdos. Recuerdos, algún tiempo adormecidos, que ahora se convertían en una pesadilla que le quitaba el sueño. Esta obsesión iba en aumento; tal vez el declive de la vida nos aproxima más a la niñez.

Cogió su pesada maleta y puso rumbo a su tierra.

El corazón, de palpitar lento y cansino, se aceleraba como si de una jovencita se tratara, a medida que se acercaba al pueblo después de tantos años de ausencia.

Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas, lágrimas confusas de alegría y ansiedad. Su infancia se le subió de golpe a la garganta.

¡Estaba en Lumbrales!, su pueblo del alma.

Cerró los ojos y se vio niña, recorriendo las calles de tierra y sus plazas empedradas jugando con sus amigas al “calderón”, cantándoles a los caracoles para que sacaran sus cuernecillos al sol, hurgando en los agujeros de los grillos hasta hacerlos salir, saltando a la comba a la vez que cantaba “Soy la reina de los mares...",...

¡Tantos recuerdos!... Ese primer amor furtivo, a escondidas, que desataba una adolescencia para la que todo eran barreras, pero que todas se saltaban para buscar esos deseados encuentros, que eran los más importantes del día.

La sal de las lágrimas al invadir su boca, la devuelven a la realidad. Bajó del autobús aturdida por la emoción.

¡Cómo habían cambiado las cosas!. Las calles asfaltadas y limpias, hermosas casas, plazas bonitas y ajardinadas,...

En los días sucesivos recorrió todos los rincones del pueblo y su entorno palmo a palmo. Se paró en cada esquina, conversó con antiguas amistades, supo de la ausencia definitiva de quienes habían emprendido su último viaje y se reveló ese vivir que, hasta ahora, se había ido perdiendo poco a poco y que pensaba recuperar en adelante.

Un atardecer salió al campo. En él todo seguía igual. Los mismos olores y sonidos de la infancia. ¿Podía haber en el mundo algo mejor?. Ahora, con sus muchos años a la espalda, pensó que para ella no.

Corrió en busca de la maleta y la llenó del olor a tierra mojada después de la tormenta, de hierba recién cortada, del trino de los pajarillos, del arrullo del viento, del azul del cielo, del brillo de las rutilantes estrellas,... y flotó. Ella y su maleta se volvieron ligeras como plumas, jóvenes sin canas ni arrugas.

Regresaría a la ciudad, donde habían quedado sus hijos y nietos. Como si de la negación de la “caja de Pandora” se tratara, abriría su maleta y esparciría por el hogar todo su contenido, creando un nuevo y agradable ambiente que invadiera a todos.

Cuando la maleta se volviera pesada, volvería al pueblo para llenarla de nuevo.

Esa maleta era como una brillante estrella en noche oscura. Toda la familia necesitaba de ella. Guardaba las más exquisitas esencias de raíces tan profundas, que tiraban con demasiada fuerza de esa mujer que un día de un invierno muy lejano, en el amanecer, se perdió en el horizonte en busca del pan que en su tierra no encontraba. Ahora aquel invierno se había convertido en eterna primavera gracias a su querida y repleta maleta.

 

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Isabel González Arroyo

(Lumbrales - Salamanca)