AÑO: 2003 - 2º  PREMIO.

 

UNA HORITA CORTA

Tusilata

 

Como si nunca

nada

me hubiera sucedido

 

Salvo esta boca abierta.

Ada Salas

 

 

Porque eso de la horita corta ella nunca supo lo que era, aguantaba hasta que le dejaban al crío en los brazos y después ya ni queriendo le salían las fuerzas, que ni pa hablar quedaba... Solo después de contarle los deditos y ver que había salido entero, solo con sentir su boquita pegada a la piel, solo con sentir que el muchacho hacia por vivir, ya le valía a mi Vicen para dejarse dormir una mijita y descansar... ¡Ay carajo que mujer la mía! Que toda la vida se la ha pasado luchando...

La conocí cuando no levantaba ni siete palmos del suelo, escurrida y con cuatro pelillos de hambre que nunca ha logrado domar, aquel día la sentí trajinar entre las vacas hasta que se las valió ella solita para entenderse con ellas y que se dejaran ordeñar. Qué ley ha tenido siempre por esos animales... “¿Sabe usté, me dijo aquel día, que si las vacas se acuestan todas del mismo lado es que va a llover...?” y yo la miré sonriendo porque me hizo gracia el desparpajo de la chavalilla pero no contesté. “Pues ya lo está usté sabiendo” me dijo y se dio media vuelta con un remango que pa qué las prisas en sus pocos años.

No la tocó llegar al mundo a mi Vicen para una vida fácil, vaya que no. La primera de un cerro de hermanos, desde bien chica tuvo que hacerse cargo de mucho más de lo que le hubiera tocado si Dios hubiera asomado por allí el día que nació, pero era Domingo de Ramos y Dios se conoce que andaba con la cabeza en otras cosas que festejar... No daban por ella ni una perra gorda cuando salió al mundo, consumidita y amoratada nació con el cordón enrollao al cuello y si se descuida la partera la saca ya na más que para enterrar. Pero desde cría se afanó por tomarle prestado a la vida hasta la ultima migaja de lo que olvida en la mesa. Y a trancas y barrancas se las apañó para ir saliendo adelante, que como algo se le meta entre ceja y ceja no la verá usté parar...

La madre de mi Vicen después de parirla a ella no dejó de echar críos al mundo, pero o no aguantaban dentro, o fuera no lograban los muchachos sobrevivir poco más. Porque siempre eran muchachos, que ese era el calvario del padre ver como pasaba el tiempo y que ninguno de los críos quisiera quedarse en el mundo para ayudarle con la casa y los prados. A buenas horas iba a parar él hasta que lo consiguieran. Poca ayuda encontraba mi Vicen en aquella madre que cuando no estaba para tenerlo, estaba para dejárselo hacer, que esa tarea nunca en aquella casa se quedaba para después. Poco barruntó el padre las consecuencias en su mujer de tanto afán, que de poco en poco iba menguando su salud como las tardes de invierno, menguando sus fuerzas poquito a poco, como para mantener ninguno dentro...

Demasiado siempre por hacer en la casa y demasiado fuera de la casa. Los pies, de puntillas encima de cualquier taburete, bajo el fregadero cuando mi Vicen aún no alcanzaba a trastear con las ollas y los platos. Y trajinar con las vacas y los conejos y las gallinas, mucho por hacer en el huerto y mucho polvo, en aquella casa de ventanas abiertas de par en par, siempre por limpiar.

Quizás fue por eso tan pronto que mi Vicen se dejó engatusar por el primero que arrimándose a ella en el baile le preguntó sí quería ser su novia. Pa chasco iba a perder ella esa oportunidad de marcharse de aquella casa donde no hacía otra cosa que trajinar. Menuda percha que tenía el sinconciencia del que se enamoró. Con una planta que pa qué las prisas y una guasa que gastaba que la traía a ella loca.., pero por la calle de la amargura fue lo que luego la trajo. Siete u ocho años anduvo hablando con él, que las cosas entonces se apalabraban para largo y más largo aún, que no se me quita a mí de la cabeza, que siempre las quiso hacer él. Siete u ocho años hablando para que luego se le cruzara otra más espabilada, o desvergonzada, con la que se casó.

En un suspiro se le fue a mi Vicen su amor. En un santiamén perdió el poco color que siempre tuvo y se le coló por los ojos una tristeza que nunca la abandonaba, una tristeza que siempre mantenía bien estiradas las arruguitas que sus ojos inventaban cuando la risa aún los sorprendía. Lo que pudo llorar en silencio. Lo que pudo echar de menos a aquel tarambana que se marchó con sus ilusiones recién inventadas, que se marchó apenas sin despedirse. Y allí quedó ella, sentada en una curva de aquellos días, viendo pasar las horas y su vida.

Diez largos años, diez, que se dice pronto, aguanté viéndola cada día como iba menguando como antes hizo su madre. Diez largos años, que si me descuido no oigo misa, esperando que llegara alguien que consiguiera dibujar unas arrugas chiquitijas en sus ojos con nuevas risas. Pero no llegaba. De cuando en cuando yo pasaba por su casa para hacerme cargo de las vacas que tenían el parto atravesao. Como médico y medio veterinario del pueblo, después de tanto tratarla de cerca, que desde bien chica y en silencio no se movía ella de los establos si algo malo pasaba con los animales, la conocía mucho más de lo que ella creía.

Un mes me costó cuando ya lo tenía más que requetepensado decidirme a hablarla, un estirado, estirado mes. No tenía ni idea de qué la iba a decir, cuando la tuviera delante... Cuando me vi allí frente a ella, le solté lo primero que se me vino a la cabeza: “¿Sabe usté que si las vacas se acuestan todas del mismo lado es que va a llover...?” Al principio, durante unos momentos mas largos que un día sin pan, me miró sin decir nada, seria y extrañá. Me miro y me miró como trajinando con las ollas y los platos de la memoria. Pero al poco pareció que quería sonreír y me dijo : “No me diga ¿qué aún se recuerda?”. Me llevé el dedo a los labios y chisté: “No irás ahora a decirme eso de que “...Pues ya lo está usté sabiendo...”

Porque eso de la horita corta ella nunca supo lo que era, aguantaba hasta que le dejaban el crío en los brazos y después ya ni queriendo le salían las fuerzas, que ni pa hablar quedaba... solo después de contarle los deditos y ver que había salido entero, solo con sentir su boquita pegada a la piel, solo con sentir que el muchacho hacia por vivir, ya le valía a mi Vicen para dejarse dormir una mijita y descansar...

No gastamos nosotros un noviazgo de los de entonces apalabrados para largo. Ya no éramos mozos, sobre todo yo, y no había mucho tiempo que perder si queríamos que llegaran muchachos. Mi Vicen desde el primer día me dijo que ella quería tener muchos, muchos críos, altos como castillos, muchos, todos los que no había podido traer al mundo su madre y aún más. Gracias a Dios aunque no han sido tantos, no ha tenido que volver a estar delante de ninguna cajita en el cementerio, que ya bastantes tuvo que ver cuando apenas tenía edad ni conocimiento para echarles de menos.

Yo sé que compartimos un amor templadito como el tazón de leche de por las mañanas, yo sé que jamás ha sentido por mi ni un “amor primo hermano” del que sintió por el que le robó la risa. No lo ha sentido ni de largo. Pero a su manera también sé que me tiene una ley que nunca le ha tenido a nadie. A nadie. Sé que mi Vicen pelearía con más rabia que cualquiera de los animales que cuida, por mi o por los hijos.

Si usté la viera, si usté hubiera visto sus ojos mirando primero a esos críos, mirándome después a mí, cada vez que ha sentido esas boquitas pegadas a su piel...

 

Imprimir

Rocío Díaz Gómez

(Madrid)