AÑO: 2004 - 1er  PREMIO.

 

FRAGMENTO DE UNA CARTA EN LA QUE SE HABLA DEL DULCE DE MEMBRILLO

 

 

Querido Juanqui:

Te escribo para continuar nuestra charla telefónica del otro día. Ya sabes que yo soy muy clásico y prefiero la carta. Me gusta meditar las palabras que escribo, leerlas y releerlas, y enviarlas y recibirlas, sobre todo si llegan de la verde Irlanda y las envía mi hermano pequeño. Espero que sigas estudiando mucho, confío en tu sentido de la responsabilidad. Ya sabes que debes resistir la tentación de la cerveza y de las chicas irlandesas, tan coloradas y pecosas, tan efusivas, según dicen.

Como te prometí, paso a contarte el fin de semana que pasamos todos con padre y madre en el pueblo para hacer el bendito dulce de membrillo. El viernes fuimos Sol y yo, y luego, a primera hora de la mañana del sábado llegaron Jaime y Pedro, y Ana y Ruth, y nuestros dos sobrinos. Así que sólo faltaste tú, el hermano pequeño, como siempre, calamidad, aunque esta vez tenías la excusa de estar en Irlanda estudiando inglés.

Madre está muy desmejorada. Ya sabes que su enfermedad avanza lentamente y que lo peor está por venir, como siempre nos recuerda padre. Si los dos quisieran venir con nosotros a Madrid podríamos cuidarla entre todos, tenerla más cerca, pero es imposible planteárselo siquiera. Sacarlos del pueblo sería condenarlos a los dos a una tristeza infinita, dicen, y seguramente será cierto. Qué tendrá esta tierra de casas viejas y caminos empedrados que es como un ancla para el espíritu. Tú te ríes, porque eres el más pequeño de los hermanos y no has vivido mucho tiempo aquí, pero a mí, cuando enfilo el coche por la cuesta de Benquerencia, me entra un hipo tenue que me sube desde el esternón a las narices y que hace que respire mejor y más fuerte, así que comprendo la postura de estos dos viejos machacones que no quieren salir de aquí por nada del mundo, que por mayor distracción tienen la de esperar la llegada de la médica a su consulta de las escuelas viejas o la del pescadero los sábados.

Cuando llegamos el viernes madre nos esperaba con la cesta de los membrillos todavía vacía en medio de la cocina. Cuántos recuerdos tengo yo de su cocina, que es ahí donde se siente la reina del mundo, con sus comidas bañadas en salsa de azafrán y sus hogazas como soles reposando en la panera. Ahí es donde más pescozones he recibido de sus manos, y más caricias también. La cocina es el único sitio dónde no arrastra los pies sino que vuela, picoteando entre fogones; ni mete sus manos en las faltriqueras del delantal porque las utiliza como varita mágica para hacer rosquillas o mermeladas. Juanqui, verla danzar del plato al fuego mientras su figura se refleja en los azulejos de las paredes me hace pensar que será inmortal y que siempre nos cuidará. Lo pienso incluso ahora, que está enferma.

Agarré el banasto y fuimos al huerto caminando por los cañamares. Es otoño y el campo está tristón, pero ver a madre andando por aquellas trochas a mí me rejuvenece. ¿Recuerdas cuando padre decía que ella era la única que al pisar nunca levantaba polvo? Ya no es lo que fue, desde luego, pero todavía conserva algo de ese caminar altivo.

Me encaramé a los membrilleros. Recogí sus frutos carnosos y ácidos, aromáticos y bastos, y puse en sus manos esas bolas amarillas que ella fue depositando con cuidado de cirujano en la cesta, no fueran a machacarse. Se iba ya el sol de octubre, un sol que en estas fechas se agradece sobre nuestras espaldas. Desde allí, izado en las ramas del membrillero, eché un vistazo al pueblo, a sus calles largas con placitas chicas, a sus bodegas y tenadas, y sentí sobre mí la mirada balsámica de nuestra madre, que me unía al mundo antes y que lo hace ahora. Si, Juanqui, es ella, esta mujer de pueblo, con su dignidad y alegría, la que hace que la vida diaria en Madrid tenga sentido. Si tuviera que elegir un recuerdo de nuestra madre elegiría el de aquella tarde de nuestra infancia que apareció en casa con un diccionario de tapas duras, enorme para nuestras manos infantiles, en cuyas páginas centrales estaban impresas todas las banderas del mundo. Dejó que lo ojeásemos primero, alucinados, y después, señalándonos las banderas dijo: ¿Veis? Hay más mundo, y es de color, así que os quiero ver estudiar para salir del pueblo y del trabajo en el campo. Tú no lo recordarás, eras demasiado pequeño, pero Pedro y yo si lo recordamos, lo hemos comentado más de una vez. Es ella la que nos desalojó de estas tierras y calles, y es también ella la que nos une a este pueblo con el hilo fino de su mirada.

Al día siguiente, cuando llegaron nuestros hermanos y los niños se fueron al corral para ver picotear a las gallinas, los mayores nos pusimos todos a limpiar con un trapo húmedo la piel de los membrillos y fuimos partiendo en gajos su carne granulada. Había muchos, grandes y olorosos, porque este año no ha habido tormentas en verano. Luego, madre, con un brillo eléctrico en los ojos, los echó al perol enorme que usó en tiempos para la matanza, —¿te acuerdas de él? de cobre, brillante— junto con un par de vasitos de agua. Aquello empezó a cocer y ella removió con paciencia frailuna el mejunje.

Poco a poco toda la casa —los muebles, los visillos, nuestra ropa— se impregnó de ese olor tan característico que en esta familia conocemos y que a mí me recuerda al Macondo de García Márquez, a la selva de Tarzán y a la bodega del Capitán Trueno, porque pertenece a mi infancia y está dentro de mis sueños.

Luego mezcló el azúcar (ya sabes: igual cantidad de azúcar que de membrillo) con la pasta gelatinosa resultante, y volvió a remover con el cucharón. Las piernas abiertas, apoyando los riñones contra la cocinilla, con una postura que recuerda a los tahúres de las películas del oeste, dale que dale al cucharón, limpiándose el sudor de vez en cuando con el mandil. Me fijé en padre, que fumaba —sí, otra vez fuma— y nos miraba a todos, uno por uno, para posar al final sus ojos en ella, vuelta de espaldas, pequeña, redonda, compacta, dura. Aquello, Juanqui, era un círculo perfecto. La perfección de la existencia. Dios existe, pensé.

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José Manuel Martín Peña

Coslada. (Madrid)