AÑO: 2004 - 2º  PREMIO.

  

LAS MARIPOSAS DE LA ABUELA ARCADIA.

    

Mi padre me dijo un día que su abuela Arcadia le causaba una sensación ambigua. La respetaba y quería, pero a veces le daba miedo. Ella era clarividente, decía y hacía cosas que erizaban los pelos. El raro apego de mi papá por su abuela, hacía que él renunciara a bañarse en el río, montar a caballo o salir a cazar, junto al resto de los muchachos de la familia durante los días de vacaciones, y dedicara las tardes a escuchar las historias que su abuela le hacía y a contar las mariposas que todas las tardes inundaban de colores el portal donde se sentaba su abuela Arcadia.

Papá me contó que Arcadia tenía un sinsonte que entonaba armónicamente el himno nacional cubano, de principio a fin, sólo cuando ella, y nadie más, le silbaba las primeras notas; y un perro tejano, capaz de montear una res cimarrona, pero que ponía en la mano de Arcadia cualquier objeto que esta le solicitara con la mirada, y que se tornaba extremadamente agresivo con cualquiera a la que ella le señalara con un guiño y un movimiento de cabeza.

A esto se añadía su reconocido don para curar animales por el rastro y a distancia, con solo quemar pelos de la crin o la cola de los animales enfermos y pronunciar palabras que nunca nadie oyó. Venía gente de muchas partes con los envoltorios de pelos y le describían el animal enfermo. Al regreso de los dueños a sus propiedades, encontraban a los animales sin garrapatas ni otras plagas.

La bisabuela Arcadia tendría para entonces, más de noventa años: Había nacido en el siglo anterior, en una apacible aldea de Salamanca, muy lejos de la isla de Cuba. Una aldea rodeada por un río llamado Froya y grandes prados, donde jugaba con sus hermanas. Ella y su novio, mi bisabuelo Esteban, habían emigrado a Cuba en busca de nuevos horizontes y fortuna, pero no les fue bien. Tuvieron que trabajar muy duro y en todo para poder, a los muchos años, conseguir una tierrita arrendada en Curao, cerca del central azucarero de Mabay, donde juntos sembraron caña de azúcar, viandas y frutales. Ahí crearon su familia, con muchas carencias y vicisitudes, pero finalmente se estabilizaron y llegaron a pagar las seis rosas de tierra que tenía la finquita.

Dice mi padre que Arcadia castraba toros para hacerlos bueyes. Esa era otra de sus habilidades. Ayudada por un viejo haitiano, hacía una incisión en los testículos de los animales, para extraer, con sus propios dedos, la masa testicular luego de instilarles una poción anestésica preparada por ella con hierbas que sólo ella y su ayudante haitiano conocían. Nadie en la zona realizaba aquel procedimiento y en Cuba no se sabía de otra mujer que capara toros, pero todos decían que toro capado por Arcadia no se infectaba, no sentía dolor, ni perdía su fuerza.

Una vez Arcadia le dijo a papá:

– Mi nieto, la tierra tiene sus poderes y es porque irradia energía cuando se pone en contacto con el sol, la luna y el agua. Esa energía está en el aire, al alcance de todos, de los hombres, de las plantas y de los animales. Pero hay una cosa cierta, todos no saben que existe, ni cómo utilizarla; por eso, cuando alguno lo hace, el resto dice que tiene un don. Esta es la verdadera explicación del por qué existen hombres que mandan a otros, y otros que pueden trascender y conversar de tú a tú con la naturaleza.  Hay quien nace con esa capacidad de interpretar y utilizar lo que dice y puede dar la madre natura; otros lo aprenden con esfuerzo, pero la mayoría lo desconoce o tiene miedo de ella.

Me contó papá que su abuela Arcadia tenía cientos de pajaritos en grandes jaulas abiertas y que se callaban cuando ella quería. Un día, le preguntó cómo hacía eso y su abuela le respondió:

– Es fácil mi nieto, yo les hablo y ellos me oyen. Sólo les digo: ¡A callar coño, que abra el piquito el que quiera resucitar! Y me hacen caso, porque para resucitar hay que estar muerto. ¡Y nadie quiere morirse en esta vida! –-, y añadió: – Mira, yo les doy de comer a mis pajaritos, los mimo, les hablo. Ellos me conocen y saben que me gusta escucharlos. Yo les abro las jaulas, ellos se van, pero la mayoría regresa. A veces traen nuevas parejas y hacen sus nidos en mis jaulas. Esto pasa desde hace años. Aquí están los recontratataranietos de los primeros que tuve. Aquí no se ponen trampas para cazarlos, ni dejo que nadie las ponga.

Me dijo mi papá que algunos meses después de esa conversación, su padre le dijo:

Vamos para Curao, mamá dice que se muere mañana. Fue toda la familia. En Curao ya estaban sus otros hijos, todos los nietos y muchos amigos de la zona. Ella se despedía y pidió que hicieran una fiesta; hubo lechón asado, viandas, ron, cervezas y música de guitarras. Arcadia se veía alegre y conversadora. A cada momento llamaba a alguien aparte y le hablaba en voz baja. A mi papá le dijo:

Oye mi nietecito, tengo que irme pronto. Te he querido mucho. Cuídate mucho, mira siempre al cielo y al suelo, huele el aire, saborea el agua y quiere a todos los animales.

En ese momento los pajaritos callaban, la abuela se levantó y una a una fue abriendo cada jaula. Cientos de aves salieron volando con gran algarabía hasta perderse en los montes cercanos. Esa noche, se oyeron los tambores provenientes de los barracones de los haitianos cortadores de caña y mi padre lloró mucho.

Al velorio y al entierro de Arcadia, asistieron cientos de personas. Una llovizna pertinaz los acompañó al cementerio de Mabay. Nadie despidió el duelo, ni hubo flores, solo se oía el canto de las aves, el silbido del viento entre los cipreses y la lluvia. Miles de mariposas revoletearon sobre la húmeda tierra de su tumba hasta mucho después que mi padre y toda la familia abandonaron el cementerio. Arcadia se fue como vivió, en comunión sagrada con la naturaleza; esperando su muerte sentada en un taburete y con la alegría de haber hecho lo que le correspondía en esta vida.

Un día como hoy, mi bisabuela Arcadia cumpliría ciento veinte años, y todavía, aún sin yo haberla conocido, sueño a veces con una viejita linda hablándole a sus sinsontes y rodeada de bellas mariposas.

 

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lndra Estrada Vinareja

CUBA