AÑO: 2004 - ACCESIT.

  

SILENCIO QUE DUELE

"La ausencia tiene la voz de quien quedó para decirla"

(Tomado de un poema pronunciado en `La Estación Azul' en Radio 3)

 

 

Siempre ha sido su sufrimiento más insoportable. Incluso en tiempos en los que hubo mil problemas, dolores mucho más obvios y más fuertes, al único que no ha podido hacer frente ha sido a la soledad.

Pudo acostumbrarse al estruendo de las bombas y las incesantes ráfagas cuyo humo nublaba y oscurecía el horizonte, las tierras a unos pocos kilómetros, las viejas casonas apenas a unos metros. Se estremecía con cada nueva carga, pero aún así consiguió acostumbrarse y creció con ignorancia premeditada hacia aquel horror que había enfrentado a compañeros de mus.

Silenció los disparos; el color de la sangre perdía intensidad ante sus ojos, la tierra húmeda cubría los restos a medida que crecía el número de heridos. Había ahogado los gritos y los llantos en el doloroso silencio en que se fingía dormida cuando su madre le besaba la mejilla y "buenas noches", antes de ir a la plaza del pueblo, mientras deseaba no reconocer a ninguno de los muertos, acaso algún herido.

Fue una jovencita alegre años más tarde, que cocinaba maravillas bajo la asechanza de la profunda miseria. Supo hacerse una risueña y preciosa mujer a partir de una niña huérfana. Había aprendido a sacar un plato de más del mismo viejo puchero, no se dejó cambiar sonrisas por cruces en cartillas de racionamiento. Se hizo querer hasta ser la muchacha más deseada en el último baile, cuando los susurros del pueblo envidiaban su dicha, mientras ella se sentía la muchacha más desdichada.

Pero no consiguió mirar al rostro taciturno, gris lacrimoso de su madre, que se marchitó de forma súbita el fatídico día, años atrás, en que sus desgraciados ojos reconocieron el cadáver de su marido. Y tejía a su lado, con intencionado disimulo, soportando el afilado silencio.

Cuando tuvo que salir con su marido de forma apresurada del país hacia un inesperado futuro clandestino, pensó que al menos el amor que la unía a ese poeta que el régimen había maldecido y con el que se había casado, podría aplacar la nostalgia de la vida —por otra parte no muy afortunada— que había dejado atrás. Aprendió francés primero, adquirió con absoluta naturalidad las costumbres de México, superó la muerte de su madre a miles de kilómetros; pero nunca soportó la intranquilidad nocturna de las oscuras madrugadas en duermevela, cuando su marido se marchaba durante semanas a reunirse con antiguos camaradas amenazados en el exilio, con el único propósito de ayudar a salir a los que aún quedaban en España.

Muchos años más tarde vio con natural indulgencia cómo sus hijos regresaban a España. Ella no podía, se había acostumbrado a la despertenencia, a ser una extranjera bien acogida por la hospitalidad de otra que nunca sería su tierra, pero sabía que no podría soportar ser una extraña en su propio país. No, hay rencores que perduran generaciones, y su matrimonio aquí nunca fue visto.

Se habituó a las cartas semanales, a las fotos de sus nuevos nietos. Fue una abuela ejemplar a través del correo y el teléfono, y no le dolió tanto la ausencia de sus hijos, o no haber compartido siquiera una Nochebuena con sus nietos, como la visión de la mirada vacía y las palabras que ya no decía su anciano y enfermo marido.

Cuando él murió, pensó un par de veces en regresar a España. Pero se dio cuenta de que no podía volver, era demasiado tarde, y no le serviría para acallar al silencio que le dolía. Se detuvo a recordar su vida. No sabía si podía decirse afortunada o desdichada. Miró dentro de sus recuerdos y vio a una niña que apretaba los ojos simulándose dormida mientras se estremecía asustada; a una joven que tejía frente a una anciana absorta; a una esposa que ahogaba un llanto de incertidumbre mientras dormía sola. Vio a una anciana que leía cartas de sus hijos a su marido, al tiempo que éste miraba al vacío; y se vio a sí misma, recordando su vida, siempre en ese mismo maldito silencio que la había acompañado durante toda su vida.

Ese dolor secundario causado por el vacío, por las palabras no dichas, por la ausencia, por la nostalgia; y que era el único dolor al que nunca ha podido acostumbrarse. Porque la soledad no es una herida en la piel que tarde o temprano cicatriza. La soledad es una enfermedad congénita e irremediable, que una vez te envuelve se hace crónica, y de la cual el síntoma más doloroso es el silencio. Un silencio cuyo eco se repite incesante a lo largo de cada vida.

 

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David Cotarelo Comerón

Lumbrales. (Salamanca)