AÑO: 2005 - 1er  PREMIO.

 

MUJER DE SOL Y BARRO.

 

Sentada sobre el tronco de encina, pegaba su espalda a la pared de piedra y como la hiedra en primavera, sus sueños de mujer pequeña escalaban las cimas de las montañas que arropaban el valle.

En cuanto me veía bajar la cuesta con la bicicleta, se levantaba como un rayo, con los ojos brillantes como ascuas y las manos en orquesta, dispuesta a estrujarme contra el pecho, a darme todas las horas y el amor almacenado en aquellos dedos que resbalaban por mi cara y mis hombros, mientras me sembraba de besos. Su piel, curtida y arrugada, se vestía de luces, sus manos, encallecidas, atrapadas por los sabañones y la artrosis eran como un arco iris, toda ella olía a tierra y romero, a lilas y madreselva, a hierba recién segada, a pan y menta. Su cuerpo, ligero como una pluma, bailaba en la saya, y sus pies, poblados de callos, asomaban su deformidad por las zapatillas gastadas.

Nunca me sentí tan feliz como en aquellos veranos que pasaba con mi abuela. Con ella aprendí a vivir en otro mundo, muy diferente al que hoy condiciona mi vida. Con ella supe lo que era disfrutar de un amanecer, de una puesta de sol, del agua que sortea la montaña, que canta y retoza en los regueros acuchillando las compuertas del riego, con ella disfruté del pan con vino y azúcar, de los atracones de cerezas y ciruelas, de las grosellas y las moras silvestres, de los baños en la presa, de los revolcones en la paja, de la luz que viste de colores los montes y los valles, que plancha las siestas y la piel de los segadores, del olor a salvia y orégano, a sauco y tomillo que perfuma las noches cuando, sentados a la puerta de las casas, te olvidas de la televisión y escuchas los cuentos y las leyendas que destierran el cansancio, el aburrimiento y enervan las sombras que pintan el miedo.

Paulatinamente, aprendí el nombre de los árboles, de las plantas, de los frutos silvestres, de los aperos de labranza, de las estrellas, a mirar las nubes y la luna , a valorar la libertad del pájaro prisionero de su jaula; compartí las costumbres ancestrales de mi gente, amasé el pan de mis raíces, comprendí sus miedos y deseos más profundos, descubrí los mundos inéditos y deshabitados en los que el corazón cabalga y sentí que aquella era mi tierra, la que me había engendrado a través de mis antepasados, moldeados por su miseria y sinsabores, supeditados al capricho de las inclemencias del tiempo, a la fertilidad de la tierra, a la sequía, al fusilamiento de las heladas, a la desesperación de las inundaciones que no tenían misericordia con los pobres, a la desertización del terreno, a las plagas.

Contemplé y crecí con la esperanza puesta en el sol y en el agua, en el cielo que condena y premia sin conciencia, que no se ajusta a las pautas que delimitan las estaciones, que va hacinando el luto y las desgracias como algo inherente a la vida, que hilvana los años e hila el destino de los hombres sin dar explicaciones.

Cuando entorno los ojos y la nostalgia me invade, la veo; allí está, esperándome, sentada en la vieja encina, leyendo estas letras y sonriendo por dentro, más allá de los labios, sembrados por las grietas, más allá de los surcos que horadan su tez morena, más allá de los huesos arqueados y del marca-pasos con el que torea la vida. Siento su corazón gastado deambulando por la sementera, acarreando la hierba, recogiendo las espigas que la tarde orea, sembrando las patatas, escardando los pimientos, cuidando la vecera,... siento sus ojos prendidos en los viñedos, temiendo que sean esquilmados por la embestida de la filoxera, en las medas, en los castaños y los quiñones, en los eriales donde las piedras sortean las horas, en la despensa donde se almacenan los botes de conserva, en la huerta y sus tomates, en los árboles frutales que ha podado y mimado durante años, en el filo de la guadaña, en el sudor resbalando por la hoz, en la paja y las madreñas que sortean el barro y las boñigas; siento la lucha que comulga con el sol que hace germinar lo que sus manos siembran en la tierra, los injertos por donde la savia se abre paso, y en cada uno de sus descansos, cuando el resuello puede con ella, veo sus ojos enconados contra el cielo, retadores y orgullosos porque han conseguido adueñarse de un trozo de vida y sesgarla a su medida a pesar de los contratiempos. Es entonces cuando la mujer de sol y barro, la que ha nacido sin reloj y ha trabajado de sol a sol, la que ha disfrutado cada día de todas las cosas pequeñas, esas que son esenciales para vivir, me dedica sus pensamientos y sufre por el ritmo acelerado que la gran ciudad imprime a la mujer urbana, y de sus ojos, planchados, se escapa una lágrima, porque tal vez los años o la necesidad que le han hecho sabia, le dicen que me dedico a tantas cosas que siempre dejo la felicidad para mañana..

 

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Ana Cristina Pastrana González

León