AÑO: 2006 - 1er  PREMIO.

 

DESPUÉS DE LA TORMENTA.

 

Mi vida en esta casa discurre ya lentamente y aguardando el momento de la despedida. Me ha dicho la doctora que mi salud no aguantará mucho y que vaya preparando mi equipaje. Ella sabe que puede ser franca conmigo, y por eso lo es. Hemos hecho buenas migas estos últimos años de salud delicada y, aunque sé que le duele no poder hacer más por mí, le repito día sí y día también que mi papel en esta vida está más que desempeñado. Hablamos muy a menudo, cuando viene por las tardes a conversar conmigo al patio de mi casa, de lo que ha sido mi vida y la vida de muchas otras mujeres aquí en el campo.

Me gusta recordar con ella, y con quien aún sigue viniendo a verme sin miedo a que la vejez y la decadencia sea contagiosa, que he sido una mujer feliz viviendo en el campo. Feliz cuando aún vivía mi marido y después, cuando ya me quedé sola.

Recuerdo con especial cariño aquellas romerías de mi juventud, cuando se celebraba el final de las cosechas, la llegada del buen tiempo y de los días largos. Fiestas en las que se olvidaban algunas rígidas costumbres que nos oprimían, costumbres que nos dibujaban a las mujeres como algo a lo que cuidar y conservar hasta que llegara el hombre rudo, también de campo, que supiera cortejarla.

Así recuerdo yo mi juventud: largas jornadas de trabajo en el campo y también doméstico, a la sombra de los padres, hasta la llegada del verano, de la música y de las prendas ligeras.

Mi recuerdo de aquellos años de despertar a la vida me trae la figura del que fuera mi marido; desde hace unos años soy su viuda. Él me ayudó a coger cariño a aquello que mi padre también amaba pero que, sin embargo, yo veía como una obligación y como un gran peso que había que soportar. Era joven, ¡y eso me excusa!

Ya en nuestra casa, aprendí del gusto de la tierra y de las aguas. Con el paso de los años y con una mayor responsabilidad, supe valorar el bien que nos daba la tierra, cosecha tras cosecha. De ellas vivíamos, y durante muchos años no supe valorarlas. Las sequías y las inundaciones, el fuego del sol y los torrentes de lluvia, me obligaron a familiarizarme con la idea de que mi vida dependía de los caprichos de la naturaleza... y de nuestro buen hacer para adaptarnos a ellos.

Ahora que estoy sola sé que fui feliz, muy feliz, recogiendo los frutos de los árboles que con tanto cariño plantó mi marido en nuestro patio trasero. Manzanos, perales. Un cerezo y hasta un níspero que no sé de dónde sacó.

Sé que mi vida no hubiera sido la misma sin esa comunión que teníamos todos los vecinos del pueblo, cuando no era tan grande como lo es ahora. Íbamos en grupo hacia los campos, en los días de recogida de la hierba. iY qué decir de esos momentos en los que el vino pasaba de mano en mano y el agua no era propiedad de nadie y ayudaba a calmar la sed de tantas y de tantos que allí trabajábamos!

Cuando oigo comentar en las televisiones y en las radios de ahora que el campo se está quedando vacío, siento un dolor profundo que no se me calma ni con la medicación que he de tomar todos los días. ¿Dónde se han quedado aquellas largas jornadas de trabajo que precedían a aquellos grandes descansos agradecidos de después?

Ya poca gente valora la bondad del sol para la tierra que nos alimenta. ¿Y el frescor de los minutos que suceden a las tormentas? De todas las sensaciones que recuerdo con mayor amor tal vez me quede con ésta. No sabría describir el olor del campo tras una tormenta, el reflejo de las gotas frescas de agua que penden de las ramas, de las hierbas, del trigo alto. No sabría describir el brillo que dejan los caracoles cuando también salen a disfrutar de mis mismas sensaciones cuando deja de llover.

El olor del romero que tengo plantado a la puerta de mi casa.

En estos que sé que son mis últimos días, me resisto a sentir tristeza por lo que dejaré atrás. Me he propuesto, y lo estoy consiguiendo, recopilar sólo aquellos recuerdos que me hicieron sentir feliz. Con mi familia, con mi marido, con mis amigos y amigas. 0 sola. Los actores cambian, pero el escenario sé que siempre es el mismo y que siempre me acompañará allá donde vaya yo y mis recuerdos.

El campo, el contraste de sus texturas y de sus aromas, me sigue ayudando todavía hoy a recordar lo bueno que he vivido. Y a valorarlo como lo mejor que he podido tener.

En estos tiempos de prisas, de agobios y de ritmos acelerados, agradezco haber tenido la oportunidad de pincharme las manos con espinas, de astillarme las uñas. De hacerme cortes molestos con el filo de la hierba. Agradezco haber tenido que taparme la cara para que el sol no me la quemara, de haberme tenido que poner pantalones para poder hacer las tareas del campo.

Sé que muchas mujeres no podrán entenderme. Ni muchos hombres.

Cuando la doctora me dijo que empezara a preparar mi equipaje, le dije que no sabría qué salvar y qué dejar. El dilema es similar al que te surge cuando te preguntan "¿Qué salvarías de tu casa si se incendiara y sólo tuvieras unos minutos para sacar lo más valioso para ti?".

Ahora sé que todo lo que he acumulado durante más de setenta y cinco años es valioso y no podría cargar con ello.

Por eso, cuando pienso en el ligero equipaje que me quiero llevar pienso con alegría que estará compuesto por imágenes, colores y olores. Y un suave frescor de después de la tormenta.

 

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Silvia Muriel Gómez

Bilbao