AÑO: 2006 - 2º  PREMIO.

 

ATRAPANDO MARIPOSAS.

 

" La ví por primera vez aquella tarde de finales de junio. Yo acababa de cumplir seis añitos y jugaba con mi nueva muñeca en un rincón del patio, junto a la verja.

Mi abuela bordaba junto a mí, sentada en su mecedora mientras tarareaba la melodía de un bello vals de Chopin; el mismo que sonaba en la radio desde el interior de la casa.

Entonces la ví aparecer de la nada. Revoloteaba caprichosamente por entre las blancas margaritas, los geranios y los jazmines.

Entusiasmada, la perseguí con la mirada un buen rato. Me parecía que danzaba al son de aquel vals por un palacio de flores de cristal. Como vestida para la ocasión, lucía sus más bellas galas... ¡Nunca había visto una mariposa así!

De repente la música paró, se rompió el hechizo, y pude ver sorprendida cómo la mariposa se posaba plácidamente sobre el hombro de la abuela para descansar de su baile. Durante unos segundos se quedó allí quieta, inmóvil, esperando a que la abuela levantase la vista de sus labores y le sonriera. Por unos instantes, ambas cruzaron sus miradas con cierta complicidad, como si ya se conocieran...

Luego, la mariposa se elevó suavemente por encima de la verja y volando calle abajo desapareció...

Más tarde intenté dibujarla en mi cuaderno pero entre los lápices de colores no encontré ninguno que se pareciese al color de sus alas. Fui a preguntarle a la abuela y ella enseguida supo dar con el color exacto, señalando a una de sus bobinas de hilo, me dijo:

- Es una mariposa de color añil.

Esa noche soñé con ella. Al día siguiente, cuando regresaba de jugar en el parque con el abuelo, me esperaba en casa una maravillosa sorpresa...

Como por arte de magia, con sus ágiles manos, mi abuela había conseguido atrapar a la bella mariposa en su aro de bordar. Era una copia exacta. Idéntica. El mismo añil aterciopelado de sus alas. ¡Sólo le faltaba volar!.

Yo estaba muy contenta porque así la mariposa no escaparía y podría contemplarla el tiempo que quisiera.

Por la noche, mientras mamá me bañaba, le dije que de mayor quería hacer la misma magia de la abuela. Quería aprender a retener en aquel aro mágico todas las cosas bellas que encontrara.

A la edad de doce años ya sabía bordar medio bien. Creo recordar que la mayoría de mis primeros bordados se quedaron allí en el pueblo. Mi abuela los guardaba con tanto cariño en su baúl que se los regalé. Pero el de mi mariposa, yo misma lo metí cuidadosamente en una de las cajas, el día en que mamá y yo hicimos la mudanza para trasladarnos a la ciudad. Todavía hoy, después de tantos años, lo conservo. Allí permanece aún, inmóvil en el tiempo, mi mariposa de color añil...

A veces pienso que hay algo en la condición humana que nos impulsa a pretender hacer cosas que duren para siempre. El tiempo transcurre tan veloz que, por más que intentamos atraparlo, inevitablemente se nos escapa por entre los dedos y le perdemos el rastro, y es entonces, cuando menos lo esperamos, al doblar una esquina, al oír una antigua canción o simplemente al abrir un cajón, cuando sale a nuestro encuentro, renovado, vestido con amables recuerdos que parecían destinados al olvido.

Algunas noches en las que no puedo dormir salgo a la terraza para dejar que la suave brisa nocturna me sople en la cara y peine mi cabello hacia atrás, consigo así recuperar la sensación de sentirme viva como cuando estaba en la casa del pueblo. Vuelvo a sentir de nuevo aquel aire fresco impregnado de flores y disfruto como una niña pequeña. Como la niña que era, como la niña que, a mis casi ochenta años, sigo siendo en el fondo de mi alma.

Supongo que la abuela sentiría algo parecido cuando salía por la mañana muy temprano al pequeño jardín de detrás de la casa y hundía los pies en la hierba todavía húmeda por el rocío.

Me encantaba verla hacer eso. Por aquel entonces pensaba que se trataba de una manía de las suyas. Ahora creo que todos tenemos nuestras propias formas de huir del implacable paso del tiempo, rituales que nos impregnan, a través de los sentidos, de ese algo eterno que reside en el presente. "

 

Es curioso como algunas veces todo parece apuntar en la misma dirección. Hace unos días hablaba con Raúl de las extrañas coincidencias de la vida. Y ayer mismo, por la tarde, mamá apareció por mi apartamento, después de casi dos meses sin saber nada de ella, para traerme este diario que encontró entre las viejas pertenencias de la abuela y decirme que por fin se había decidido a vender la casa del pueblo.

La lectura de este diario de la abuela me está resultando apasionante, sobre todo por la increíble manera en que llego a identificarme tanto con ella. Anoche me quedé despierta hasta muy tarde leyéndolo y mecanografiando algunas páginas que hoy tenía la intención de llevar a clase de literatura, pero me he quedado dormida y no he ido a la Facultad. Debería aprovechar y estudiar para el examen del próximo viernes y, sin embargo, sigo aquí con el diario en la mano. Hay otras partes que también me gustaría mecanografiar aunque me es francamente difícil seleccionar entre tantos hermosos pensamientos y tan ricas experiencias vividas.

Ahora que lo pienso, mamá parecía muy contenta por la venta de la casa del pueblo, sin embargo, y no sé por qué, la noticia no acaba de gustarme. ¡Precisamente ahora que empiezo a familiarizarme con aquella casa que tanto amaba mi abuela...!

 

" Hoy algunas hojas secas empiezan a caer. Abro la ventana y dejo que el viento me arrastre, como una de esas hojas secas, por las calles de mi memoria y me lleve a la orilla de las entrañables noches en la casa del pueblo cuando, el abuelo Vicente y yo, subíamos despacito por la estrecha escalera que conducía a la azotea, sin hacer ruido para no despertar a mamá y a la abuela...

Allá arriba, las estrellas esperaban sigilosas a que el abuelo enfocase su pequeño telescopio hacia la inmensidad del universo y mi imaginación volaba veloz por aquellos amplios espacios siguiendo la trayectoria de cometas, planetas, astros y galaxias que el abuelo trazaba con sus palabras.

Algunas noches eran tan oscuras que apenas adivinábamos nuestros rostros y, callados en aquel oscuro silencio, escuchábamos el eterno susurro de esas luces del pasado que, atravesando la eternidad, fingen brillar en nuestro presente.

-Nunca te fies de las apariencias, Violeta. Fíate de tu corazón. Su forma de entender la vida siempre me llamó la atención.

A menudo solía decir que en todas las cosas subyace, misteriosamente escondido, otro pequeño universo. Y que para descubrirlo no hace falta poseer mucha sabiduría. Basta con aprender a mirarlas como realmente son.

Parece que el otoño por fin se ha decidido a venir. No ha parado de llover en toda la tarde. A veces amenaza tormenta...

Cuando las campanas de la ermita del pueblo tocaban el fin de la tarde, para alguno de nuestros seres queridos se convertía en la última de sus tardes...

A partir de entonces, el repique de esas campanas permanece unido en el tiempo al eco de un callado llanto que nos oprime el pecho y la garganta...

Afortunadamente siempre vuelve a salir el sol para los que seguimos aquí. Vuelven a volar las mariposas de color añil.

Esta mañana la volví a ver entre las flores de la terraza. Sabía que tarde o temprano mi mariposa me encontraría.

Volaba libre y feliz porque anoche la liberé de aquel viejo tejido. Se habían deshilachado un poco sus alas y comprendí que debía dejarla en libertad y deshacer la magia que la atrapó en el aro del tiempo.

Ahora mi mariposa venia a mí y se posaba suavemente en mi hombro saludándome. ¡Esta es la verdadera magia que hizo la abuela aquel día!. Por fin lo he llegado a comprender...

De algún modo, también yo estoy ya fuera de ese aro del tiempo y mi vida entera es tan solo un instante. Un único instante. Un instante fugaz y eterno. Ese instante en el que todos los tiempos están presentes. El instante en el que la abuela sigue hundiendo sus pies en la hierba mojada. El instante en el que los dos universos de mi abuelo se unen en la eterna melodía de las estrellas. "

 

No hace mucho leí que si no se habla nunca de una cosa, es como si no hubiese sucedido. Al menos esto no ocurrirá con los recuerdos de mi abuela.

Si la cita fuera cierta, por el reverso de la moneda, si habláramos de las cosas que deseamos que nos ocurran, estaríamos creando nuestro propio futuro.

Volveré a llamar a mamá. Le pediré que no venda la casa. Le sugeriré que invitemos a mis tíos a pasar la Navidad en el pueblo. Les leeré el diario de la abuela y comprenderán... Y quizás algún día yo también viviré allí.

Y sentada en la mecedora, las mariposas no sabrán distinguir a la abuela, a la hija, a la nieta, a la niña.

 

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Carmen Marín Pinteño

Puerto Real (Cádiz)