AÑO: 2006 - ACCÉSIT.

 

DESDE LO PROFUNDO.

 

Estaba allí, casi monolítica, sentada en la silla de anea. Su pelo se anudaba a la nuca, bellamente trenzado, enroscado en un moño. Invariablemente movía sus brazos de izquierda a derecha, recogiendo los cacharros que aún le quedaban por fregar. Aquella obligación, la convertía mi abuela en una ceremonia, en un ritual mágico y, fantástico ante mis ojos de niña. El jabón que rozaba el estropajo era el que ella misma hacía con las grasas y aceites sobrantes de la matanza, cortándolos después con finos hilos de cobre y creando cuadrados perfectos. Mercedes y yo, jugábamos sentadas a su espalda bajo la verde y, fecunda parra del corral que nos protegía del duro sol de julio. Mientras mi hermana jugaba a ser abuela, imitando los gestos y acciones de la nuestra, yo le susurraba al oído:

-¡Fíjate como miente la abuela!, dice que cuando era niña su madre le hacía dormir la siesta.

-¡Tó! ¿ Y por qué va a mentir?

- Pues porque la abuela nunca fue niña, siempre fue abuela- le contestaba yo llena de seguridad.

Volví la vista hacia mi abuela. Ahora se dirigía a la tinaja de barro con una gran lata, para echar agua limpia en el barreño.

Esa misma tinaja que el abuelo siempre ponía debajo del canalón para que las lluvias la llenasen y así no tener que ir con la burra a por más carga.

El mismo recipiente en el que yo me veía, próxima unas veces, distante otras, cuando jugaba a hablarle a esa niña igual que yo, idéntica a mí, que me miraba sin ahogarse ,repitiendo mí misma grito y que presenció la ira de mi abuelo el día que castigó salvajemente a la burra. Aquel día se quedó grabado en mi memoria para siempre.

Estaba ya cercana la noche y mi abuela cortaba el pan para la sopa de ajo, cuando mi abuelo entró lleno de ira y tal ves de dolor, preguntando por la pica.

La Bica, que así se llamaba la burra, comía ajena en el pesebre, y a una prudente distancia mi abuelo le clavó el arpón sucesivas veces, en castigo por haberle dado una coz. Jamás he podido apartar aquella escena de mi mente, como tampoco pudieron distanciarse mis pies de aquél lugar de tortura, porque yo, queriendo huir, no me moví y una laxitud cercana a la parálisis total me invadió, mientras descargas de adrenalina y de lágrimas y de súplicas, recorrieron mi pequeño cuerpo y terminaron con el hambre de la cena.

A la mañana siguiente no recité los acostumbrados buenos días, y recibí a mi abuelo con el más acusador de los silencios.

La abuela era dulce, maternal y también analfabeta.

Una tarde me dio que la enseñase a leer y aquella petición convirtió, de pronto, en realidad mis juegos de maestra. Lo primero que hice fue ir a por un cuaderno y un catón a casa de Carmen, la de la imprenta. Una sensación de superioridad permaneció durante bastantes días de aquel verano: Yo era la maestra, la única maestra de mi abuela. Mi primer salario consistió en jugar, a escondidas, con la baraja del abuelo.

Habían pasado muchos veranos desde mi niñez, pero nunca había perdido el contacto con mi abuela a pesar de la distancia, de mi juventud y de sus años que iban marcando, en su salud, el rastro del tiempo.

Murió el 8 de Noviembre.

En el cementerio, cercano a un terreno propiedad de mi abuelo, habían excavado un hoyo, demasiado pequeño, para tan gran mujer. La caja de caoba descendió lentamente y las cuerdas que la sujetaban se desprendieron con celeridad. Un gran silencio precedió a las palabras del sacerdote.- "Desde lo profundo, clamo a Ti, Señor. Señor escucha mi voz, sea ésta agradable a tus oídos. Mi alma clama a Ti, Señor, y espera más que el centinela a la aurora... ".

El ruido de la tierra al caer, puso en mí la misma sensación que cada Septiembre, al terminar mis vacaciones, me traía la despedida, y por un momento creí ver que se acercaba a mí con una carta de mi madre y decirme: Ya sé leer.

 

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Aurora del Amo Hernández

Lumbrales