AÑO: 2007 - 1er  PREMIO.

 

LAS MANOS QUE LABRAN LA TIERRA.

 

Con las manos cosidas al regazo vas esquivando el sol que aguijonea la siesta, bajo la higuera centenaria, amasando los recuerdos como tu cara macera las arrugas que te nombran, recogida en el silencio de las piedras que amueblan la plaza de la iglesia, en las ventanas desvencijadas de sus casas, huérfanas de cristales, sujetando la soledad y el abandono que pace en los tejados desahuciados, en la carcoma que devora sin licencia las vigas y los muebles, en la herrumbre que extiende su lamento por los goznes de las puertas y los paraísos perdidos.

Recuerdas todas las luces que se encendieron en tus pupilas aquella mañana que te despediste del pueblo; un pueblo tiznado por el hollín, la humedad, por las querellas jamás resueltas y por aquel sabor amargo que regurgitaba en la garganta de sus hombres, incapaces de valorar lo que se escondía entre pecho y espalda. Recuerdas el beso de tu madre, sujetando las lágrimas en la cuenca de sus ojos, esos ojos curtidos por los trasiegos de la luna y por los eclipses de los días sin pan. Recuerdas el olor a hierba recién segada, el aire perfumado por la urtz, tomillo y laurel, la nube de vencejos sesgando la trinchera azul por donde discurrían los días y la medalla de la virgen bailando sobre tu pecho.¡Cuántas ganas y cuánta prisa por gastar la vida!. ¡Cuánto empeño por huir de aquellas tierras inhóspitas, del frío y la miseria; cuánto miedo y ansiedad patinando por la espalda, cuántas ilusiones por arribar al cielo, asomarse a la felicidad y dejar atrás el jergón, el brasero, el tambor de castañas, el muladar y el surco de patatas!.

En una maleta de cartón apañaste todos los abrazos de tus gentes, los consejos de la tía Susa y del tío Doro, la envidia de Rosa y Juana, que aseguraban estabas preñada, el beso de Paquito en las linares, la amargura de tu abuela que acuñaba un pergamino de sinsabores y la condena de todos los labios maliciosos que te auguraban una mala vida al servicio de los Alcántara, gente soberbia y orgullosa, que te pisaría la cabeza y te utilizarían como mula de carga.

Tu madre era como las encinas que crecían a las afueras del pueblo, de tronco duro y fuerte; orgullosa de carácter, perseverante y tenaz en su trabajo y discreta en sus juicios. Jamás se amilanó ante la bilis que destilaban aquellas lenguas viperinas, abocadas a destruir la felicidad ajena en vez de preocuparse por la propia. Siempre iba a lo suyo, porque, como bien decía, nadie concede nada gratis y el que regala, bien vende, si el que lo acepta, entiende. Acostumbraba a tomar las decisiones de puertas para dentro, sin dar pábulo a los comentarios, las críticas o los chismes. Desde que tu padre había fallecido, había tenido que trabajar duro para sacar adelante a los cuatro lebreles y no quería deberle nada a nadie porque los favores se pagan caros. Se levantaba al amanecer y unciendo lo bueyes al arado, roturaba los campos antes de que el sol invadiera los corrales. Acarreaba la mies envuelta en luto como una momia para que el sol no quemara su piel, pero sus manos, siempre negras, delataban su origen. Con la azada siempre a cuestas, se deslizaba surco arriba, surco abajo, escardando los pimientos, mullendo patatas; fruncía el ceño abriendo las compuertas de la presa con las manos, el pico o la pala, arrodillada entre el barro, con las piernas abrasadas por las zarzas; sonreía en la era, al final de la cosecha, reventadas las costillas por el peso de las fanegas de trigo; cantaba en las huertas, con la hoz y la guadaña colgada de su cintura o de su hombro; maldecía sulfatando los viñedos, invadidos por la filoxera; soñaba podando y encalando los árboles y... casi reventaba con la horca arrancando el abono de las cuadras. Sus días no tenían suficientes horas.

Desde hacía una eternidad te sentabas en la misma piedra picuda de la plaza, la preferida de tu padre. A través del tiempo y la distancia, te habías refugiado muchas veces en aquel mismo lugar para recuperar tu infancia. Cuando tu padre murió, todas las tejas que protegían tus sueños, se estrellaron contra el suelo. Nunca más pudiste retejar aquel vacío que dejó su ausencia. Tu madre estuvo una semana muda, invisible, ausente, retorciéndose en aquella desesperación, sin querer que nadie la consolara, recluyéndose en aquella habitación maldita donde la muerte se lo había llevado sin licencia. El dolor era tan grande que no osabas abrir la boca por miedo a que te ahogase. Era un viernes cuando ella, que parecía un fantasma, recogió todas sus pertenencias, las metió en el arcón y lo cerró con llave. Abrió las ventanas de par en par y os apretó contra su cuerpo, diezmado por el sufrimiento y el ayuno, y mirando al cielo, con los ojos enrojecidos, juró no abandonaros nunca. Te aferraste a ella como las aves a los árboles buscando la protección entre sus ramas, te amarraste a su fortaleza, a la seguridad que emanaba de sus palabras y su gesto, a su lucha, a sus principios, a las manos que labran la tierra, esas manos pobladas de callos y sabañones, descarnadas, devoradas por el sol y los arañazos, por el agua y la cal, deformadas por el trabajo duro, por los tajazos del cuchillo y de la hoz ...y te sentiste de nuevo viva gracias a sus caricias y sus abrazos. Nadie fue testigo de sus lágrimas ni oyó una queja escaparse de sus labios, cortados por el viento, nadie pudo leer la soledad que pacía en el iris de sus ojos grises, presos del cielo y de los frutos de la tierra. Nadie leyó el sacrificio en la yema de sus dedos, que se enredaban en la hierba y en el barro, entre las trébedes y las piedras, entre la panera y el lagar, en los botes de conserva, en la preparación de la matanza, zurciendo entre agujas y tijeras, restregando en el lavadero, cardando la lana, escogiendo las lentejas, despiojándoos, ordeñando, preparando las sogas y baleas, tejiendo cestos, sacando el abono del establo, vendimiando y ordenando la leñera. Ella había sido atemperada por el frío, la nieve, las escarchas, por las heladas negras y el calor sofocante de agosto.

Ahora paseabas por la plaza recordando tantas conversaciones bruñidas con el paso de los años. Te recordabas jugando con Chón a las tabas, comiendo aquellas rebanadas de pan con vino y azúcar que os preparaba su abuelo Manolo y que te sabían a gloria. Allí, en la misma plaza donde te reventaste la pierna con la bici de Perico. Recorres sonriendo la cicatriz mientras tus ojos se pasean por todas las casas derruidas, con el costillar al aire, las de la tía Petra y la de los Cuzos, la de Florín y la tía Remedios, la partera que te trajo al mundo aquel miércoles poco después de beberse media botella de orujo, la misma que contaba unas historias de muertos y ánimas que ponían los pelos de punta. Más allá estaba la del tío Porrón que, según la tía Curra, llevaba diez cosechas de adelanto y la más pobre, la del tío Fito, el mejor acordeonista de la comarca. Todos los recuerdos maravillosos estuvieron marcados por su música. Era un billete al paraíso. Fiestas, bautizos, comuniones, bodas, cualquier evento venía bien para caldear la desesperación, el hambre, la soledad y la miseria. Porque la miseria roba al hombre todo atisbo de dignidad. La música que se escapaba de sus dedos, de su alma, calmaba el griterío de la chavalería, mitigaba el cotilleo que denostaba cualquier atisbo de belleza o inocencia, la frustración y la amargura de los abatidos por la poliomielitis, la pleura, el reuma o la artrosis y engañaba al hambre que se adueñaba sin licencia de la mayor parte de los estómagos y cerebros. Fito conseguía calentar el alma destemplada por el luto de la guerra, espantar el frío de las balas que aún rezumaba en los corazones, el odio y el rencor que se atrincheraba en las paredes, el miedo y la impotencia que cosía las bocas, sedientas de venganza. Todos necesitabais de su música para sobrevivir a todas las cruces que la vida había dibujado en vuestra espalda.

Apostillada en el mismo rincón que cuando eras chica, medio siglo después, veías a la niña que cruzaba la calle custodiando la vecera, la misma que acarreaba el agua del pozo de la tía Paca, la que arrastraba las madreñas, siempre demasiado grandes, la de las trenzas negras y los ojos color miel, como su padre, la que amontonaba gavillas y componía los carros de centeno, la misma que disfrutaba los domingos con los baños en la presa, la que soñaba despierta bajo el sol de agosto sentada en aquel trillo que paulatinamente iba limando todos los sudores y separando la espiga del grano. Luego, al caer la tarde, con la ceranda en mano, ibas aireando tus penas mientras el cansancio se cebaba en tus rodillas descarnadas.

Una vez más, reclamabas tu infancia y repostabas en el regazo de tu madre. Cuando llegaba el invierno metías un ladrillo en el horno de la chapa para calentar la cama y luego, mientras te dormías, ella te contaba historias que también le había contado su madre cuando era chica, historias del pueblo y de sus brujas, de hombres y mujeres que vivían felices con sus hijos, de todas las penalidades que dios le daba y de la dicha de sentirse juntos.

De nuevo, como en tu niñez, tus dedos largos, blancos, finos, con la manicura perfecta, se revolcaron entre la tierra que, en su eterna huida, un topo había amontonado para ti No pudiste resistir todos los olores que emanaban de su tacto ni las sensaciones que te permitían viajar tan lejos. Bien sabías que todos los lugares del mundo que habían sido durante muchos años tu casa o tu destino, te devolverían a tus raíces, a tu tierra, la tierra de tus antepasados, la que te había dado nombre e historia, a la que retornabas para disfrutar de las cosas pequeñas y morir en paz, sin prisa, cerca de los tuyos.

 

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Ana Cristina Pastrana

León