AÑO: 2007 - 2º  PREMIO.

 

LA JOSA.

 

La abuela Joaquina tenía una josa con una docena de pinos, dos cerros se vides y algunos almendros. Eran apenas dos fanegas de tierra en un claro del pinar de Adalia, junto al arroyo, cerca del Duero. La había heredado de su padre, que se la dio como regalo de boda antes de la guerra, aunque no le entregó escritura ni documento de propiedad porque no lo tenía; el también la había heredado de su padre del mismo modo. Antaño las cosas se hacían así: la palabra basta para certificar una decisión.

Siempre, al final de cada verano, cuando íbamos a verla al pueblo y pasábamos con ella los últimos días de vacación antes de empezar el curso, nos llevaba a la josa. Recorríamos a pie el camino que conducía al pinar y luego un dédalo de senderos entre los árboles. Inopinadamente aparecía ante nuestros ojos a la vuelta de un recodo y recibíamos su descubrimiento con regocijo de voces infantiles, exclamativas y chillonas, como si fuera la primera vez que estuviéramos allí o admirásemos una maravilla. Ni una cosa ni otra, porque la visitábamos cada año y su modestia era más que notoria, pero la reacción de manotear y proferir gritos de alegría era sincera. Y así debía parecerle también a la abuela, porque su rostro se iluminaba y parecía perfilar una mueca que, bien interpretada, recordaba una sonrisa.

La abuela Joaquina no reía nunca. Era una mujer muy seria. Su severidad venía, creo yo, de que la vida no la había tratado bien. Luego he sabido que su infancia fue feliz, casi regalada, en una casa paterna donde no faltó jamás el pan ni el fuego. Después de casada las cosas cambiaron, no por el matrimonio, sino porque la Guerra Civil trajo años de miseria y necesidad. No había comida suficiente y varios hijos murieron al poco de nacer los que sobrevivían, crecían famélicos y desnutridas. Hubo que malvender algunas tierras, y  el abuelo comenzó a trabajar en campos ajenos y como barbero, afeitando y cortando el pelo casa por casa en los anocheceres....hasta aquella fatídica tarde de julio. Había estado segando todo el día a pleno sol y cuando lo trajeron entre varios estaba exangüe. "Un golpe de calor", decían unos, otros que "una apoplejía", mientras lo depositaban como muerto sobre la cama, en espera de que llegara el médico.

El doctor le hizo una sangría y aplicó unas cataplasmas, pero ya no se recuperó nunca. Perdió la movilidad en la mitad derecha de su cuerpo, el rostro quedó deforme y su voz susurraba distorsionada, y sólo tronaba para maldecir su suerte o blasfemar por la impotencia en que se veía.

La abuela Joaquina fue la primera -y única- mujer barbera que ha habido en La Tierra del Pan. Salía cada anochecer, cuando los hombres ya habían vuelto de la labranza, a atender la clientela que el abuelo aglutinó. Unos pocos no quisieron que una mujer los siguiera afeitando y requirieron al otro barbero del pueblo; los más, con recelo seguramente o por humanidad, siguieron siendo parroquianos. Ella nunca se quejó de los que la rechazaron, pero tampoco aduló a los que la prefirieron. Hacía su trabajo con seriedad de varón y exigía respeto. Siempre se jactaba de que ningún hombre le dijo jamás "que ojos negros tienes".

Lo  normal era que se afeitaran una vez por semana; dos si tenían la barba muy cerrada. Y la jornada de mayor faena era, indudablemente, el sábado, porque todos querían estar bien rasurados para la misa dominical. Por eso, ese día regresaba bien entrada la noche, cuando los hijos más pequeños ya estaban acostados, cansada de apurar mentones y de pelar cogotes. El abuelo no soportaba la angustia de verse anclado en un sillón de mimbre, que fuera su esposa la que llevase sola el mantenimiento del hogar, y la miraba con sus ojos azules cuajados de lágrimas que apenas podía retener; ella volvía el rostro y hacía como que ordenaba algo para ocultar también su pesar. Tanto sufrimiento soportaba que, aun impedido por la hemiplejía, huyó dos veces de casa: la primera, recorrió  con la pierna a  rastras más de ochenta kilómetros, y estuvo varios días desaparecido, hasta que la Guardia Civil avisó de que estaba en un cuartelillo cerca de Benavente; la segunda escapada tenía un fin más preciso: lo localizaron junto a las vía del tren llorosa y desorientado.

La abuela Joaquina a pesar de las necesidades, nunca pensó en vender la josa. Para ella estaba asociada a la fase más feliz de su vida. Además, al final del verano sacaba algún rendimiento de aquel pequeño terreno. Los  pinos le proporcionaban piñones para los dulces y los guisos; piñas y madera para la lumbre. Con las pocas cestas de uvas que recogía hacía mosto; y con este arrope, en el que cocía trocitos de calabaza; otros racimos los colgaba a secar en el desván para el invierno. De las almendras hacía turrón en Navidad; o guirlache, si tenía azúcar.

La abuela ,Joaquina murió hace muchos años. Pasó los últimos meses en nuestra casa, en la ciudad, adonde vino a operarse de cataratas. Ya nunca regresó a su pueblo ni volvió a ver su josa. Le pusieron unas lentes convexas que le aumentaban los ojos desmesuradamente,y yo notaba cómo a veces perdía la mirada en el infinito, dejaba de percibir el entorno y a sus labios afloraba una sonrisa, más amplia que la del final de aquellos veranos de mi infancia.

Seguramente la josa me pertenece por herencia, sin embargo no tengo documentos que lo acrediten. He ido varias veces al monte de Adalia y la he buscado.... pero siempre me he perdido en el laberinto de pinos, y he regresado a la ciudad sonriendo.

 

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Fulgencio Ruiz Bragado

(Las Palmas de Gran Canarias)