AÑO: 2008 - 1er  PREMIO.

 

AIRE BLANCO.

 

Mi abuela era una mujer rural.

Bueno, más o menos.

Siempre vivió en el pueblo, eso es cierto, aunque no precisamente en el campo. Normalmente entendemos por rural sólo aquello que tiene que ver con los trabajos agrícolas o ganaderos. Decimos mujer rural y, ¡hala!, vemos a la típica campesina vestida de negro hasta las cejas, con mandil negro, con medias y alpargatas negras, con un sombrero de paja en la cabeza y una hoz en la mano segando al rachisol. O a la paisana que va, vestida de negro, con medias negras..., arreando a las vacas de un praíto a otro hasta la noche, cuando se las trae de vuelta pal corral pa ordeñarlas y vender cuartillos de leche a las vecinas del barrio.

Y mi abuela, desde luego, no era exactamente así.

Por cierto, ahora que hablo de vacas y de ordeñar, me viene a la memoria cuando me tocaba cargar con la lechera y salir cada noche a buscar la leche an ca la señá María. Aquello sí que era una estampa rural. Y ahora no hablo de mi abuela, porque eso me tocó vivirlo a mí. Ahí me verían ustedes, por la calle abajo, sorteando charcos y barrizales, medio a oscuras (¡qué gracia aquellas bombillas con sombrero de porcelana -casi siempre escascarillao-, lo poquito que duraban y la pobre luz que daban!), con aquellas lecheras de plástico, con su tapita de plástico que apenas evitaba que se desparramara parte del contenido en cada vaivén que, las irregularidades y viscosidades del terreno, me obligaban a realizar.

A mi abuela no le tocó eso. Ella lo que sí hizo fue acarrear mucha agua. Iba al caño, con la cántara en el cuadril, o en la cabeza, y traía a casa la necesaria para el día. No sólo para beber, ya saben. En aquellos tiempos, de agua corriente en los domicilios... ¡nada de nada!. Con aquella cántara se aseaba diariamente toda la familia. En la jofaina, ¿se acuerdan?. ¡Dios mío!, parece que fue hace mil siglos. El antepasado del cuarto de baño: la palanganita, la jofaina y el espejito giratorio. Qué encanto. Y fue apenas hace unos lustros. En la palangana nos lavábamos todos, y casi con la misma agua, que no se podía escatimar. Cuando iba estando espesita y bastante oscura, al que le tocara asearse entonces se encargaba de vaciarla en un cubo, o tirarla al corral, para que picotearan las gallinas, que ya entonces se sabía a ciencia cierta que lo que no mata engorda.

Pero bueno, a lo que íbamos. Mi abuela ni tenía vacas -las tuvieron sus padres, de hecho todavía se conservan los pesebreros en el corral, pero ella casi ni se acuerda de aquellos años-; ni le tocó segar -si acaso coger patatas en la cortina, alguna que otra vez-; ni fue de luto siempre, como acostumbramos a imaginar a aquellas tristes madres (pues el parir parecía ser su principal oficio en aquellos difíciles años anteriores y posteriores a la guerra). Al menos durante el tiempo que yo la conocí que, como es de imaginar, no fueron todos los años de su vida. Mi abuela lo que sí tenía era mucha tranquilidad. Nunca tuvo prisa, nunca se agobiaba. A lo mejor esa es una característica típica de lo rural que estamos hablando. O quizás eran los años, los que le dieron esa pasmosa vida contemplativa.

Lo cual no quiere decir que estuviera todo el día mirando la luna.

¡Había que verla cuando cogía la zacha y le daba la vuelta al huerto, ella solita, con casi ochenta años en sus espaldas!. Eso, en una ciudad, tampoco lo hacen. ¡Creo yo!. La verdad es que tampoco lo puedo asegurar. Quizás en esa época también en las ciudades iban de luto; quizás también estaban cargadas de hijos... Lo que no me imagino es a una mujer de Salamanca, pongamos por caso, o de Madrid, ordeñando ovejas, recogiendo huevos del pesebrero de las gallinas o trillando entre trago y trago botijero.

Mi abuela se murió hace hoy un mes, con 95 años. En su vida tuvo un catarro. Lo del estrés a ella le sonaba a estrébedes (que no era otra cosa que la tomadera, el tridente ese que utilizaban para meter el heno). No conoció el carrito de la compra, porque en su época hubiera sido imposible moverlo entre el barro y los desniveles de aquellas calles. Jamás se le pasó por la cabeza coger una bici y mucho menos sacarse el carnet de conducir. De internet jamás oyó hablar, ni tampoco supo nunca de política ni de Bolsas.

En realidad, más que rural, mi abuela era una mujer de su tiempo que, aunque también fue el nuestro, vemos impensable en el mundo de hoy. Ni siquiera en nuestros pueblos. Una mujer que vivió y murió sin prisas, sin miedos, sin preguntarse jamás el porqué de una existencia dura, pero feliz, a la que lo único que le pidió fue salud para poderla disfrutar. Mi abuela fue una mujer de un tiempo pasado que ahora sabemos que estamos obligados a recuperar: porque supo respetar lo que ahora llamamos medio ambiente; porque aceptó los ciclos de la naturaleza, el círculo de una existencia en la que todos somos piezas únicas e indispensables para que pueda seguir rodando eternamente, sin parar. Porque sólo habrá futuro si aprendemos del pasado y porque nuestro momento es tan efímero que a veces pienso que estoy más cerca de aquella mujer, que no iba de negro, que de mi propia identidad.

Por lo que a mí respecta, mujer rural como ella, sólo puedo decir que me encanta compartir este espacio que nos dejaron nuestros padres, tan holgadito él (con lo apretados que están en las ciudades), tan lleno de luz y naturaleza, tan puro y tan sano. Yo sí tengo internet, y me preocupa la política, y me alucina la bolsa, que sube y baja en función de un pánico colectivo que no se sabe muy bien qué lo provoca ni quién está interesado en propiciar. Saqué el carnet hace ya bastantes años y envío sms a mis amig@s con regularidad. Me encanta salir de noche y beber sandy, aunque tenga que atronarme de decibelios y respirar malos humos durante horas para luego volver a casa con la ropa apestando a rubio nacional. Los fines de semana, cuando no me pierdo por mis arribes, callejeo por los pueblos de mi comarca, conociendo sus fiestas y sus costumbres. Y de vez en cuando viajo a Salamanca, a la capi, o me paso un fin de semana en la costa, que tenemos muy cerquita Portugal.

Trabajo en una tienda y, aunque no da para mucho, de momento puedo seguir pensando en vivir en mi pueblo, rodeada de mi gente, de aire blanco y horizontes sin final.

 

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Ester Corredera

Salamanca