AÑO: 2008 - 2º  PREMIO.

 

TIERRA ES FEMENINO.

 

Miró la taza de café vacía con toda la tranquilidad del mundo. Respiró hondo y subió el volumen de la radio, que ahora emitía una animada tertulia a la que apenas prestaba atención. Recogió la mesa y se disponía a fregar los cuatro cacharros del desayuno cuando un movimiento extraño a través de la ventana llamó su atención: una caravana de coches, furgonetas y camiones cruzaba la calle principal. Lo primero que pensó era en si había muerto alguien, cosa poco probable porque en el pequeño pueblo de apenas doscientos habitantes le hubiera llegado la noticia. Tenía la impresión de que muchas veces se enteraba de la cosas antes de que pasaran. Se secó las manos y cogió el teléfono con intención de llamar a su cuñada.

- Rosa, ¿has visto qué cantidad de coches suben para la plaza?

- Sí. Voy a llamar a Mariano a ver qué sabe. Está claro que algo vinieron a hacer, porque de momento no han dado la vuelta.

  La carretera que llevaba al pueblo no era de paso. Nacía en una comarcal y moría en la ermita dedicada a la Virgen del Espino, patrona del lugar, por lo que cualquier visitante que tomara esa ruta tenía como destino forzoso Valfuente, a no ser que hubiera llegado allí por equivocación, caso en el que normalmente daban la vuelta en la plaza y volvían por donde habían venido.

¿Te has fijado? Ahora estoy viendo camiones como de circo... Pues si han venido esperando ganar algo aquí. lo llevan claro.

 

Nada más colgar el teléfono, Rosario se quitó la bata que se ponía habitualmente para estar en casa, apagó la radio y salió con la intención de enterarse en primera persona de lo que estaba sucediendo. Al llegar al Ayuntamiento encontró los coches aparcados y un montón de gente extraña de aquí para allá. Se acercó con curiosidad.

- Perdone, ¿hay algún bar por aquí?- Preguntó uno de los visitantes. La pregunta pilló desprevenida a Rosario.

- Sí. ¿Ve ese cartel? Detrás de la fuente está el bar.

- ¿Sabe si sirven comidas?

- Normalmente hay que encargarlas, pero si avisan de que van a comer no creo que tengan problema.

  Allí en la plaza se encontró con su cuñada y algunos curiosos que como ella estaban expectantes con esta visita.

- He oído que van a rodar un anuncio.

- No, creo que es una película.

  Uno de los miembros de la caravana se acercó al grupo, que ya miraba sin disimulo.

- Vamos a rodar una película. Bueno, es un cortometraje, pero necesitaremos ayuda. Si pudieran colaborar mujeres de cualquier edad... Les daríamos una pequeña compensación económica por su trabajo. Si conocen a alguna interesada, puede venir esta tarde por aquí y preguntar por Paco.

Mientras los hombres protestaban en voz alta por sentirse excluidos, las mujeres se ruborizaron. Ninguna se atrevía a decir nada, aunque todas estaban deseando ofrecerse, y cuchicheaban de forma ininteligible. Fue Rosario la que rompió el hielo y acercándose al hombre, que ya se marchaba, llamó su atención:

- ¿Y serán muchos días? ¿Habría que vestirse de alguna forma especial? ¿Vale cualquiera o sólo las jóvenes?

 

El cortometraje, que empezó a rodarse al día siguiente, trataba de un pueblo en el que vivían sólo mujeres. Las protagonistas eran actrices profesionales, aunque no eran conocidas. Como extras participaron todas las féminas del lugar que se atrevieron. La mayoría sólo tenía que ir de un sitio a otro siguiendo las órdenes del director. A Rosario le dieron un pequeño papel como madre de una de las protagonistas, y tenía que aprenderse de memoria unas frases que le daban a medida que se iban acabando escenas. No entendía qué tenía ver un diálogo con otro, y pasaba horas intentando dar sentido a lo que estaba haciendo.

"Los del cine" se alojaban en varias casas rurales situadas en los pueblos de alrededor. Casi todos los días se rodaba, aunque a veces empezaban de madrugada y otras hasta el medio día no se hacía nada. Durante las dos semanas de rodaje, el pueblo fue un hervidero de gente que le hacía parecer en fiestas. Los hombres, aunque no participaron como actores, colaboraron como pudieron para que el cortometraje se llevara a cabo con éxito. Los vecinos se tomaron la película como algo propio y aportaron lo que estaba en su mano: animales, tractores, aperos de labranza, casas, tierras...

Rosario era la única vecina con un papel importante. Tal vez el ser la primera en hablar hizo que Francisco, el director, se fijara en esa resuelta y menuda mujer. Todos los días tenía que estudiarse dos o tres frasecillas que le hacían repetir hasta cansarse. Esta situación le recordaba a cuando de niña debía aprender de memoria las tablas y las poesías en la escuela. Poco a poco fue venciendo el pudor de recitar los textos frente a quince o veinte desconocidos que observaban minuciosamente su actuación. Uno de los escenarios elegidos fue su cuidado huerto, al que dedicaba gran parte del tiempo. El director, que quedó enamorado de ese pequeño rectángulo multicolor repleto de vida y cariño, se empeñó en reflejarlo en su obra. -¿Quiere que le ayude? -Comentó Francisco al ver que Rosa recogía delicadamente unas lechugas del colorido huerto. - No hace falta. En mi casa siempre se ha dicho que tierra es femenino y que la tierra se entiende mejor con las mujeres. Este terreno lo he cultivado yo y sólo yo debo recoger su fruto... Precipitadamente Francisco interrumpió la conversación, y como si le hubiera picado una avispa pero con una sonrisa enorme, corrió mientras gritaba: "¡Le debo una!".

 

El día que acabó el rodaje, hicieron una fiesta a la que todos estaban invitados. Cuando finalizó, a los que habían colaborado les entregaron un cheque. A muchos no les hubiera importado trabajar gratis, incluso algunos no querían coger el dinero. Rosario hubiera pagado si se lo hubieran pedido, aunque le vino muy bien esta cantidad extra porque con su pensión de viuda apenas lograba sobrevivir. Estos días había salido de su monotonía; incluso olvidó el cumpleaños de uno de sus cinco nietos, cosa que no le había pasado en la vida. La experiencia fue para ella como unas vacaciones que no se había tomado en sus setenta y dos años de vida.

 

Miró la taza de café vacía con toda la tranquilidad del mundo. Llamaron a la puerta. Era el cartero. Cuando abrió la correspondencia, encontró un DVD en el que se podía leer "Tierra es femenino". Estaban tan nerviosa que apenas acertaba a introducir la película en el reproductor. Unas lágrimas se le escaparon mientras veía el cortometraje ya montado, que ahora sí tenía sentido. En ese momento se creyó la persona más importante del mundo. Estaba disfrutando de un regalo que rompía su apacible monotonía. Con la carátula en la mano y una gran sonrisa, pensó: "Quién sabe lo que me espera mañana".

 

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Ana Belén Hernández

Guadarrama (Madrid)