AÑO: 2009 - 1er  PREMIO.

 

UN BRINDIS POR NOSOTRAS.

No, está claro, yo no soy de tu época. Cuando me miro, con detalle, haciendo una inspección de arriba a abajo, y os miro a vosotras, a veces me parecéis bichos raros, con esas ansias por ir a la ciudad y descubrir sitios nuevos, lenguas nuevas, gente nueva, y trabajar y trabajar.

Que digo yo, como si no hubiéramos trabajado también nosotras. ¡Y quién sabe cuánto más! De niños, cuidábamos a las vacas al salir de la escuela, y ayudábamos a nuestros padres como si fuéramos mayores. Al acabar el graduado, a las niñas nos quitaban de estudiar porque había otras cosas importantes que aprender, como llevar las riendas de una casa. Mientras, los chicos continuaban con el bachiller. Que no es que no crea que no es importante llevar la casa, incluso diría que lo hacemos mejor que los hombres –que son unos zancajosos– porque como guisa una mujer no lo hace un hombre, que el rato que se pone con sus amigos, los que emigraron al Norte, guisar sí que lo hacen, sí, pero ¿y cómo dejan todo? Perdidito, que luego tiene que venir una a fregar la torre de cacharros que han ensuciado.

Pues ¿no dicen por ahí que ahora los chicos limpian la casa y saben planchar y todo eso? Si quieres saber mi opinión, yo creo que ya soy mayor para eso, vamos, que no lo veo muy bien, pero ya no se lo digo a tu madre, tengamos la fiesta en paz, no estoy para zapatiestas ni charlas familiares.

En mi tiempo, el caso es que no se le chistaba a los mayores. No sé. A veces pienso que he sufrido lo malo de una generación… y de la otra. Toda la vida llamando a mis padres de usted, con el “¿da usted su permiso?” o el “¿ha dormido usted bien, padre?”.

Cuando crecíamos y empezábamos a pollear, se miraba mucho con quién te casabas. O por qué no lo hacías. El caso era que si no encontrabas pareja parecía que no te quería nadie, sin pensar en que, quizá, los jóvenes se habían ido a la ciudad, a probar más suerte que en el pueblo.

Y ya de mayores, con hijos ya crecidos en el mundo, cada vez nos sentimos más acoquinados por ellos. Sin decir ni mú, no vayamos a revolucionarlos –la cabra siempre tira al monte–, y se vean obligados a soltarnos su perorata. Su charla sobre unas libertades y unas constricciones que a mí me hacen perder la cabeza y que se me enreden sin querer los pensamientos en otras cosas, a su juicio banales, léase que tengo que limpiar a las gallinas o acabar la colcha de ganchillo que te quería dejar a ti cuando te casaras.

Con este panorama en el pueblo, tu madre nos salió diferente. No quiso seguir el ejemplo de tantas de irse a la ciudad y fue uno por uno convenciéndonos a todos para que la ayudáramos a montar algo que, a todas luces, yo pensaba que no tendría futuro: una casa rural. ¡Si allá todas las casas eran rurales!

Pero ¿tú crees que alguién va a querer pagar por dormir en el pueblo? ¿Les gustará a los forasteros una cama de barrotes de hierro, con la colcha rematada con el moco de pavo que me había enseñado mi madre? ¿Esta cría, dónde va?

El caso es que, aunque yo lo viera todo más negro que tiznao, resultó que sí.

Y con esa sagacidad que la caracteriza, que a veces pienso que de dónde le saldrá porque en mi familia hemos sido más bien lerdos, fomentó el que todos los fines de semana hubiera foráneos en el pueblo. Contribuyó a que la gente más variopinta se relacionara con los de ciudad, charlando con un chato delante de la barra del bar, comprendiendo, o quizá sólo escuchando, otras opiniones. De repente, cuando todos los de fuera iban a ver la iglesia del pueblo, ya empezamos nosotros a mirarla con otros ojos. ¡A ver si había algo que se nos hubiera despintado, o que no nos hubiera saltado a la vista! Por no decir nada de todo lo que tu madre ha hecho por la gastronomía de la zona, que lo mismo te prepara una chanfaina de chuparte los dedos, que en la matanza hace chorizo cular y farinato, o para el postre floretas, aranjules o repelaos.

¿Y qué me dices de cuándo se le ocurrió empaquetarlo todo y venderlo, dentro de un trapito de cuadritos que le daba su gracia? Con esto se convirtió en un mercadillo ambulante, llena de panfletos y de minúsculos tarros de degustación, que iba dejando por aquí y acullá, en el bar, la casa del jubilado, o diversas casas de vecinos, que, animados por la afluencia de curiosos, iban adecentando sus casas, luciendo geranios en las ventanas y cambiando las usuales cortinas de encaje compradas por otras resultado de horas y horas de bolillos en los cursos de recuperación de la artesanía local. Hasta que el turismo rural acabó también en la producción y venta de todo tipo de objetos de arte y artesanía, ahora que, por fin, se valoraba.

Tu madre fue la cabeza visible de un resurgir del pueblo, sí. Y no veas lo orgullosa que me siento de ella, de que por fin haya más vida y más gente y hasta más niños corriendo por los empedrados de las calles.

Y sin embargo, hay una punzadita de dolor que tengo clavada en el alma. Con todo esto… ¿quién se acuerda de nosotras? las ”invisibles”, las que cuidamos a nuestros padres y ahora a nuestros nietos pequeños, ese trabajo sin horarios ni vacaciones, ni días libres, ni sueldo.

A nosotras, a las que nos llaman “inactivas” es a quienes les rindo hoy este homenaje, enfermeras sin títulos, psicólogas sin estudios, educadoras sin agradecimientos.

En reconocimiento de todas nosotras, y por nuestra felicidad, vaya este brindis, ¡hecho, eso sí, con el licor de orujo que venden en la tienda de artesanía del pueblo!

 

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Teresa Majeroni Sánchez

Salamanca