AÑO: 2009 - ACCÉSIT.

 

EL ÚLTIMO VIAJE.

Se acerca el otoño sigiloso y pausado que trae consigo la añoranza y los recuerdos. Es la estación más nostálgica, reflexiva, entristecedora y a su vez bella, cálida y suave.

Junto con la llegada del otoño, aparecen las primeras heladas, comienzan a caer las hojas y los árboles nos muestran sin ningún atisbo de pudor sus ramas desnudas, los días son más cortos y las noches se tornan más perezosas.

Es en una de esas noches cuando Antonio y Luisa recuerdan con cierto cariño empañado a su vez de una ligera tristeza aquel día,  en el que siendo muy jóvenes marcharon del pueblo asustados, con la incertidumbre de lo desconocido, cabizbajos y pensativos hacia una nueva vida. Así pues con una pequeña maleta de madera toda descascarillada por las esquinas apañaron cuatro trapos y pusieron rumbo hacia esa nueva  vida llena de sueños y de ilusiones compartidas.

Luisa era una mujer de apariencia delicada, con poca chicha y silueta menuda, aunque quienes la conocían sabían que detrás se escondía una mujer inteligente, valiente y difícil de amedrentar, que sabía enfrentarse ella sola a todas las adversidades que la vida iba poniendo en su camino, ya desde bien pequeña se acostumbró a sacarse las castañas del fuego ella solita. Su madre falleció siendo ella muy pequeña y su padre se volvió a casar con otra mujer que hizo que su infancia y  adolescencia estuvieran marcadas por una alienante opresión que aniquiló de raíz su capacidad de apreciar lo bueno; sus cualidades, sus virtudes y donde sólo la enseñaron a sentirse inferior, frágil y fracasada. Solía ir con su padre al campo y soñaba despierta bajo el sol de agosto sentada en aquel trillo que paulatinamente iba limando todos los sudores y separando la espiga del grano. Luego al caer la tarde y mientras el cansancio se cebaba en sus rodillas descarnadas, cogía un pequeño libro de misa y aprendía a leer a la sombra de un carro.

Sin embargo ella era una mujer fuerte, tenaz, emprendedora y de carácter aparentemente dócil que unas veces con el viento a favor y otras en contra, logró sobrellevar lo mejor que pudo una vida difícil y llena de contratiempos. Así Luisa fue viendo pasar la vida y con gran tesón creó un hogar lleno de armonía y de valores hoy en día casi perdidos como el respeto y la obediencia. Crió y educó a sus dos hijos, los cuales decidieron quedarse en Alemania ya que se habían casado con nativas de este país y tenían su vida hecha allí. Sin embargo ellos seguían soñando con su pequeño pueblo, con sus calles, sus gentes y sus costumbres.

Cuando regresaron ya jubilados, después de tantos años fuera,  todo estaba un poco cambiado; lo primero que divisaron sus ojos a medida que se acercaban fue su majestuosa iglesia dándoles la bienvenida y según se iban adentrando se les venían a la mente recuerdos y más recuerdos, alimentados cada día en la distancia, para que no fueran olvidados por sus viejas y cansadas cabezas.

Se instalaron en la casa de los padres de Antonio que era hijo único, eso si después de hacerle un buen lavado de cara, ya que prácticamente la tuvieron que rehacer entera, tan solo respetaron la fachada y una bonita chimenea en la que siendo muy niño y sentado en las rodillas de su padre Antonio escuchaba ensimismado las historias que este le contaba al amor de la lumbre. Y fue allí donde comenzaron otra vida, la que tanto habían anhelado cuando estaban lejos.

Antonio puso un pequeño huerto en el que cultivaba todo tipo de hortalizas y Luisa animada por una gran amiga de la infancia llamada Remedios se apuntó a una asociación de mujeres en la que se practicaban diversas actividades a cada cual más atractiva. Luisa se decantó por las manualidades y la restauración y decidió restaurar aquella vieja maleta de madera ahora llena de polilla y que al igual que ellos también regresó a sus orígenes. La habían guardado todos estos años como una reliquia y simbolizaba todo lo que habían vivido lejos de los suyos. Aquellas esquinas descascarilladas poco a poco con la paciencia y dedicación de Luisa iban desapareciendo, como su vitalidad.

Hace ya un tiempo que no se encuentra bien y su amiga Remedios le insiste en que visite a un especialista. Después de idas y venidas a la ciudad, de grandes madrugones y  tantas pruebas hoy por fin le van a dar los resultados. Acude sola como siempre, no ha querido dar molestias a nadie y Antonio parece vivir solo para su huerto.

- Siéntese ¿Viene sola? –pregunta el médico.

A lo que ella asiente con la cabeza y con la voz ligeramente entrecortada.

-Lo que tengo que decirle no es fácil, (prosigue el médico tras ojear unos papeles)  tiene  un cáncer inoperable con varias metástasis.

A Luisa se le cayó el mundo encima. Salió del hospital con pasos lentos y cansados casi arrastrando los pies, su mirada estaba perdida y apagada. Como si en su interior de repente, se hubieran fundido todas las luces y sólo una intensa oscuridad la invadiera por dentro. Las palabras del médico retumbaban en su cabeza una y otra vez, y una creciente angustia iba apoderándose de ella.

Caminaba esquivando a la gente, con la extraña sensación de que todo cuanto le rodeaba le era completamente desconocido.

Cuando llegó a casa nadie daba crédito a lo ocurrido. Luisa siempre odió el victimismo porque sabía que a lo único que conducía era a la soledad he intentó a toda costa alejar de ella los compromisos, las superficialidades y las frivolidades. En estos momentos es cuando comprendió que te aferras a la vida cuando eres feliz y has construido una realidad lo más auténtica posible a tus sueños. Se siente cansada, cada día es más duro y agotador, lleno de complicaciones y momentos de bajón e incertidumbre.

Unos días se siente una heroína superviviente y otra la más tonta desafortunada del mundo. Y decide vivir con intensidad lo que le queda de vida, porque está es efímera, nos puede abandonar en cualquier momento.

Y así se va acabando sin poder hacer nada por remediarlo, era como una sombra deambulando por la casa, condenada a vivir en esa especie de infierno en el que quedó convertida su existencia.

Tocan las campanas y aquella mañana la casa se llena de gente a despedir a Luisa, sus hijos y sus nueras ya han sido avisados y se encuentran de camino. Poco a poco los ojos de Antonio se han ido opacando y desgastando de tantas lágrimas derramadas, por primera vez en su vida se siente solo, no importa cuanta gente le rodee.

Una vez terminados los funerales, la preocupación más grande de sus hijos es que hacer con él. Sus nueras ya se han encargado de buscarle una moderna residencia, con todas las comodidades, pero... a pesar de todo sigue siendo una residencia de ancianos, o de la tercera edad, o un asilo que es como se llamaba a estos lugares antes de que los rebautizaran y les maquillaran el nombre para que parecieran otra cosa. Y Antonio que no ha vuelto a articular palabra desde el día en que Luisa falleció, se deja hacer y que le hagan, se deja decir y que le digan, es como una especie de estatua con la mirada perdida a la que todo le resbala.

Cuando apenas si las sombras de la noche se han disipado y las primeras luces del alba comienzan a despuntar Antonio se levantó de la cama después de una larga noche de insomnio y decidió que aquel día la tenía que visitar, no era una despedida sino un hasta pronto, y con pasos lentos y cansados fue recorriendo el camino de tierra que le llevaría hasta el lugar donde ella reposa. Después regresó a casa cogió su vieja maleta la que Luisa restauró y la llenó de recuerdos, sabía que no le haría falta mucho más y se plantó en la puerta donde le esperaban sus hijos, allí emprendió un nuevo viaje rumbo a otra nueva vida,  pero esta vez solo sin ilusiones y sin sueños.

Ya en la residencia, se metió en la cama esperando con paciencia a que su hora llegara, apenas comía y la tristeza le estaba matando.

Fueron tantos años a su lado… Luchando los dos a la par, siempre juntos en lo bueno y en lo malo. Ahora le pesan los años, pero más que nada le pesa la soledad que desde aquel triste día en que ella se acabó, se adueñó de su alma y ni un solo instante le ha dejado vivir en paz.

Y así se va apagando su vida y se va acabando su pesadilla poco a poco. Quiere realizar cuanto antes su último viaje y descansar por fin para siempre al lado de su esposa, de la que lo fue todo en su vida, de su amor.

 

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Rosa María del Pozo

Lumbrales