AÑO: 2010 - 1er  PREMIO.

 

MI MAESTRO, MI AMIGO.

El pueblo estaba como hundido entre dos montes desde los que se podía ver toda la comarca.

En verano, el calor caía a plomo sobre las casas y en invierno, los vientos helados y la humedad del suelo condensaban el frío que traspasaba las paredes y los tejados, haciendo difícil la vida.

En Sobradillo teníamos la suerte de contar con una pequeña escuela un poco destartalada, que tenía una chimenea grande y veinte pupitres, a la que además de nosotros, acudían cada día los muchachos de San Felices, Fuenteliante y otros pueblos que no tenían escuela. Venían en carros, andando, o si por casualidad había suerte ese día, en el carromato del hombre que se encargaba de traer y llevar los encargos de la gente a la capital.

La escuela estaba a las afueras del pueblo, cerca del convento de Santa Marina La Seca, y un poco alejada de las últimas casas, antes dé llegar al río Águeda que bordeaba por el sur el pueblo. El maestro, Don Pascual, era un hombre serio y tal vez hasta un poco triste, o eso me parecía a mí. Yo creo que desde que murió su mujer, la tristeza se apoderó de él para siempre. A la pobre le entraron unas fiebres tifoideas y a las pocas semanas murió en su casa, rodeada de todas las mujeres y de Don Bartolomé, el cura, que le dio la extremaunción cristiana. Decían en el pueblo que cogió las fiebres por unas aguas malas, o por andar con los animales, pero el caso es que la pobre mujer murió sin saber por qué, dejando al maestro triste y abatido. Desde entonces, que yo recuerde, nunca más le vi sonreír.

Era alto, bastante delgado y con un gran bigote de dos colores; casi todo de color castaño menos un trozo amarillento por la parte más cercana a la boca, provocado por el humo del cigarrillo que siempre llevaba entre los labios. Solía vestir una chaqueta de pana de color oscuro, con un chalequillo corto de una tela brillante y una camisa de cuadros descolorida. Los pantalones, que se anudaba a la cintura con una especie de cinturón de cuero desgastado y sin hebilla, le quedaban bastante cortos, dejando al descubierto unos calcetines grises de lana y unos zapatos negros de cordones. En invierno, sustituía los zapatos por unas botas de piel dura, en las que remetía los bajos del pantalón para evitar que se le mojaran los pies con la nieve. Era un hombre bueno. Siempre estaba inventando cosas nuevas para que las clases se nos hicieran entretenidas. Nos separaba en grupos, según lo que sabíamos cada uno, y nos ponía tareas de cualquier materia o teoría, para que fuéramos trabajando entre todos. Don Pascual siempre nos decía que lo más importante era leer. Que leyendo se aprendían tantas cosas que nunca nadie podría decirnos que éramos unos analfabetos. Su primera tarea del día consistía en sentarse con los que no sabían leer y les enseñaba durante más de una hora, mientras los demás hacíamos copiados de caligrafia para tener buena letra.

Tenía en su casa una enorme colección de libros. Los había comprado en Madrid durante el tiempo que vivió allí dando clases en un instituto hasta que, por problemas políticos, tuvo que salir apresuradamente. Al menos en el pueblo le dejaban enseñar, que era lo que más le gustaba.

Cada día traía un libro diferente a clase y nos hacía leerlo en voz alta, corrigiendo la pronunciación y la entonación, y preguntándonos después de cada capítulo, si nos había gustado y si habíamos entendido lo que habíamos leído. Hasta los más pequeños se quedaban a escuchar las historias. Casi siempre traía libros de aventuras, de islas del tesoro, de piratas, duendes, batallas, y muchas otras historias que nos hacían pasar ratos inolvidables. Otras mañanas, las que menos nos gustaban, las dedicábamos a hacer cuentas, de esas de sumar y restar utilizando manzanas, gallinas y pollos. Pero lo que más le gustaba a Don Pascual era la Historia. La Historia con mayúsculas, la que había sucedido de verdad. De pronto, comenzaba a contarnos algún acontecimiento histórico y se transformaba completamente. Vivía con tanta pasión y emoción aquellos relatos que estoy convencido que jamás podremos olvidarlos. Siempre recordaré cuando nos contó cómo el general cartaginés Aníbal atravesó los Pirineos y los Alpes al mando de sus ejércitos, que incluían elefantes de guerra, para derrotar a los romanos. Parecía que éramos nosotros los que íbamos montados sobre aquellos elefantes atravesando las montañas repletas de nieve, pasando hambre y calamidades. Era tal el ardor que ponía en el relato, que podías sentir en los huesos el frío de aquellos desfiladeros entre las montañas. A veces pasábamos toda la mañana escuchando las historias que nos contaba sobre el Conde Don Sancho, que fue dueño de Sobradillo muchos siglos atrás, las penurias de las monjas del convento de Santa Marina, o la vida de Leonardo da Vinci y los pintores del Renacimiento italiano.

Pero el día que nunca olvidaré fue cuando situó las mesas de la escuela tal y como se colocaron los barcos ingleses y españoles en la batalla de Trafalgar. Nosotros escuchábamos su relato con la boca abierta sin perder detalle de la batalla. Nos colocó a cada uno al mando de nuestro pupitre, recreando la batalla. Don Pascual se movía de un lado a otro de la escuela pintando en la pizarra los movimientos de los buques, que nosotros teníamos que ejecutar. Por nuestra clase deambulaban el almirante Nelson, Churruca y mil valientes soldados españoles. Cada pupitre lanzaba descargas de pólvora a diestro y siniestro, haciendo naufragar al enemigo, como si de la propia batalla se tratara. Don Pascual daba las órdenes como los auténticos protagonistas y puedo asegurar que estábamos tan metidos en el fragor de la lucha, que en algún momento hasta llegué a sentir miedo de los cañonazos. Era un gran hombre Don Pascual. Nunca parecía cansado. Casi todas las tardes me acercaba a su casa con la excusa de algún recado, o de alguna duda en las tareas que nos ponía, y me quedaba un buen rato escuchándole hablar de sus recuerdos y sus libros. Otras veces, al pasar cerca de su casa después de cenar, lo veía a través de la ventana sentado en la mesa de la cocina escribiendo o leyendo a la luz de una vieja bombilla. Una mañana, al terminar las clases, me pasó un brazo por encima de los hombros y apartándome unos metros de la entrada de la escuela, me dijo:

Muchacho, quiero contarte algo. Supongo que no me queda mucho tiempo de vida, cosa por otra parte natural ya que tengo casi sesenta y cuatro años. Así que he decidido regalarte esto.

Metió la mano en una cartera marrón que llevaba colgada al hombro y sacó un montón de cuartillas de papel amarillento, escritas por las dos caras. Había tantas que era imposible calcular el número. Estaban escritas con una letra diminuta, clara y ordenada, de caligrafía perfecta.

Son cuentos e historias que he escrito durante toda mi vida y que nadie ha leído. Quiero que los conserves tú, que eres el mejor alumno que he tenido durante todos estos años, para que si alguna vez quieres escribir, te sirvan de ayuda. Me pasó la mano por la cabeza y me abrazó en silencio. Por un momento, me pareció que se le humedecían los ojos. Sorprendido, cogí los cuentos y le agradecí que me los regalara. No sé explicar en este momento lo que sentí, pero sí recuerdo que al entregármelos su mirada brillaba como hacía mucho tiempo que no lo había hecho. Por una vez, alejó la tristeza de su rostro.

A los pocos meses abandoné el pueblo llevando conmigo los cuentos del viejo maestro. Mantuvimos correspondencia durante algún tiempo y aún le visité varias veces antes de perder definitivamente el contacto. Al final le costaba mucho trabajo escribir y casi no podía leer. Continuó otros dos años enseñando en la escuela hasta que enfermó definitivamente.

Murió una tarde de primavera, según cuentan los que allí estaban, mientras leía un libro de aventuras, o de Historia, o tal vez de ambas cosas, qué más da. Nadie, excepto yo, ha leído los cuentos del viejo maestro, mi gran amigo, y puedo asegurar que son el mayor tesoro de toda mi vida y el mejor recuerdo que conservo de él.

 

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José Ignacio Señán Cano

Madrid