AÑO: 2010 - 2º  PREMIO.

 

Mi AMIGO CARLOS.

El pueblo estaba como hundido entre dos montes desde los que se podía ver toda la comarca.

La amistad no tiene edades. Ha habido a lo largo de la vida amistades admirables, duraderas y excelentes. Las hay en la actualidad y las habrá, ojalá así sea, en el futuro y tiempos venideros. Hemos contemplado amistades tan arraigadas, entrañables y cariñosas que para sí las quisieran muchos hermanos que por desgracia no se llevan muy bien. Pero acordarte a diario de un amigo, y durante casi cincuenta años cada vez que coges el volante del coche, es algo encomiable, gratificante y de lo que me alegro infinito.

Esto me pasa a mí con un lumbralense entrañable que se llamaba Carlos Criado. Cuando nos conocimos casi me triplicaba la edad pero no era óbice ni obstáculo alguno para una pura y sincera amistad y para mí un agradecimiento perenne. Solemos decir por El Abadengo y Arribes del Duero que es de bien nacidos, el ser agradecidos.

Pasé la niñez en Saldeana un pueblecito coqueto y chiquitín distante de Lumbrales unos 15 kilómetros. Se me picaron unas muelas y me tenía que desplazar a Salamanca a sacármelas. Desde Saldeana, unas veces en carro y otras en burro, nos trasladábamos a la estación de Lumbrales a coger el tren. Hasta que éste llegaba, yo, inquieto y extrovertido, recorría todos los alrededores. Contemplaba en aquellos años cincuenta la cantidad de caballerías y carros que llegaban a la estación y que se ataban con sus raberos a un raíl horizontal junto a las moreras donde más de una vez cogíamos hojas para los gusanos de seda y sobre todo moras.

En cuanto mi madre se descuidaba ya estaba yo con la oreja en la vía escuchando a ver si llegaba el tren. Me encontraba ya nervioso en mi chiquitina casa de Saldeana antes de salir para Lumbrales pero cuando se oía el tren muchísimo más. Me gustaba montar en burro, en caballo, en bicicleta, pero sobre todo en los vagones del ferrocarril. Cuando aparecía la máquina fogosa y sudorosa de subir el puerto desde Vega Terrón y vomitaba bocanadas de humo tiñendo de hollín el alto puente sobre la carretera, mi madre ya me agarraba fuerte de la mano.

En uno de mis viajes, recorriendo los aledaños de la estación lumbralense, conocí a un hombre rubio, delgado y con gafas que conducía una camioneta verde pequeñita. Como todo lo miraba y desde pequeño ya me gustaban los vehículos, me quedé inspeccionando aquella "tartanilla" que para arrancarla le sujetaba el acelerador con un alambre y le daba un montón de vueltas a la manivela. Al llegar el tren, de la cajita de atrás de su camioneta, cogía un montón de sacas de correo y las metía en el primer vagón. A veces cuando regresaba yo de Salamanca allí estaba el trabajador hombre y cargaba las sacas procedentes de Salamanca, cajas de sardinas y pescado a las que le salían por las rendijas los helechos y recuerdo también que manojos de árboles, frutales sobre todo, que venían de Zaragoza para los distintos pueblos del Abadengo y Arribes del añoso y Padre Duero.

Casi a la par que arrancábamos nosotros para Saldeana, el tren hacia Hinojosa y La Fregeneda para acabar en Barca D'Alva, lo hacía también la curiosa camionetilla conducida por el hombre rubio y de gafas al que oí llamaban Carlos.

Llevaba el correo y los recados primero a Saldeana y luego a Barruecopardo. También varios artículos de los grandes comercios de ultramarinos lumbralenses y sobre todo boticas, como se les conocía entonces a los medicamentos, de la famosa Farmacia Galván.

En Barrueco esperaba Carlos a un viejo autobús de la empresa vitigudinense Victor García que procedente del pueblo de "El Viti" cogía las sacas de cartas de Cereza¡ de Peñahorcada, Mieza, La Zarza de Pumareda, Masueco, Corporario y Aldeadávila. Carlos Criado continuaba a Vilvestre y Saucelle. De regreso comía en Barruecopardo en el Bar de "la Anita" o en el de Deogracias. De vuelta a Lumbrales recogía otra vez las cartas que le traía el autocar de Las Arribes y con las que tenía él de Barruecopardo, Vilvestre, Saucelle y Saldeana las entregaba al tren que por la tarde iba hacia Salamanca.

Cuando llegaba a Saldeana mucha gente acudíamos a ver lo que traía Carlos y a recoger los distintos recados. A mí a veces me daba para que se los diera a fulano y a citano. Con trece años de edad nos trasladamos a vivir de Saldeana a Barruecopardo. Como ya le conocía a la una que llegaba aproximadamente allí estaba yo en la plaza. Me mandaba ir a la farmacia a buscar recetas de paisanos de Vilvestre y Saucelle.

Un buen día, yo ya con catorce años, en las vacaciones de verano y unos meses que no hice nada por haber acabado la edad escolar, me dijo Carlos: "Vente conmigo a Vilvestre y Saucelle que tardamos poco". Me debió ver tanto interés en su camioneta que la miraba por todos los lados y debió notar las ganas de montar que yo tenía que me invitó. Corrí como un rayo a decírselo a mi madre y no me paré a escuchar si me dejaba o no.

Cuál fue mi sorpresa cuando nada más arrancar me dijo que cogiera el volante. Yo creí que iba él hacer algo y era una cosa momentánea pero lo llevé hasta Vilvestre desde Barruecopardo. Nada más salir de Vilvestre me volvió a pedir que me agarrara a él y así llegamos a Saucelle. No me lo podía creer. A veces pensaba si sería sueño o realidad. A mis catorce años y llevando el volante de un automóvil con lo que me gustaba.

Al día siguiente, mucho antes de la hora de su llegada, ya estaba yo en la plaza de Barrueco esperándolo como un clavo. Me preguntaba y pensaba que si me volvería a dejar el volante o habría sido un espejismo aquel día anterior. Le hice los recados correspondientes y al acabar me dijo "Ale vámonos". Nada más salir de Barrueco otra vez me ofreció el volante y así jornada tras jornada hasta que un buen día, en el trayecto de Vilvestre a Saucelle me dijo que como ya estaba bien puesto y ducho en el volante que ya tenía que llevarlo todo entero. Nos cambiamos de sitio, me puso un cojín, pues apenas alcanzaba, y allí me vi a mis catorce años llevando ya yo solito un vehículo.

Había nacido una estupenda amistad. Una simbiosis perfecta. Yo le hacía gustoso los recados y él no sé si por agradecimiento de este servicio, que yo le hacía desinteresadamente aunque a veces me daban buenas propinas, o porque vio en mí el gran interés que yo tenía por los vehículos desde mi más tierna infancia, me enseñó a conducir. A veces estaban guardias civiles esperando medicinas y otros recados que les llevábamos y me veían llegar conduciendo yo la camioneta y después un Citroen antiguo; pero eran otros tiempos.

Por aquellos años pasaban los grandes camiones con sacos de cemento para las obras de Saucelle y Aldedávila. En Saldeana, en cuanto oíamos el rugir de los motores, salíamos a verlos y a espantar a las gallinas y perros para que no los atropellaran. Luego empezaron las cisternas amarillas con el cemento a granel. Eran aquellas que bramaban subiendo la cuesta del Maderal en el término de Cerralbo y cedidas por el convenio con Estados Unidos. Lo atestiguaban las dos manos entrelazadas en señal de saludo y pintadas en las cabinas sobre la bandera americana. Cargaban en el Apartadero de Lumbrales en el gran silo donde antes se había rellenado de los vagones del tren. También pasaban las enormes góndolas de Iberduero con los transformadores, ejes y turbinas que ocupaban toda la carretera. Salíamos los niños a contarles las ruedas. Ya desde aquellos años, los 14 de mi edad, me hacía ilusiones de montar en una cisterna cosa que se me logró desde Lumbrales a Saldeana y que de mayor me gustaría conducir un coche y también poder llevar aquellos impresionantes artilugios.

La amistad con Carlos Criado siguió por mucho tiempo y muchas veces me invitaba a las fiestas de Lumbrales quedándome a dormir en su casa. Tomábamos las ricas aceitunas rellenas del Bar Iris con chatos de vino con gas. Más tarde pasé a vivir al yacimiento de wolframio de Barruecopardo y perdimos el contacto diario. En la mina ya conducía un tractor, camiones y palas y me desplazaba en una moto hasta el pueblo. De aquella época tengo otro recuerdo feliz e imborrable y que lo pude realizar gracias a mi amigo Carlos que me había enseñado a conducir estupendamente. Llegaba, de vez en cuando, el dueño de la mina, un vasco multimillonario, El Capitán como se le conocía por haber estado con tal categoría en la marina mercante. Venía en un flamante coche Mercedes que era el primero que yo vi y que hasta que no volvía por la mina no se veía otro. El "Chófer" se quedaba en nuestra casa y mi madre le daba de comer. Un día salió a probarlo por unas reparaciones y cambio de aceite que le había hecho en los talleres del yacimiento minero. Me invitó a dar la vuelta con él. Era la primera vez que me subía a tan importante y lujoso automóvil. Pero cuál fue mi sorpresa que como le dije que sabía conducir se arriesgó y me lo dejó. No cabía en mi piel. A mis catorce años y conduciendo un Mercedes y todo gracias a mi amigo Lumbralense Carlos Criado.

En cuanto tuve la edad me saqué el carnet de conducir y otra de mis ilusiones era la de tener todos cosa que he logrado. También me propuse conducir un coche por las calles de todas las capitales de provincia y esta ilusión también la he conseguido incluido Tenerife, Mallorca, Ibiza y Formentera.

Dentro del trabajo de la mina llevé entre mis manos el volante de camiones de gran tonelaje y palas enormes y con un Land Rover recorrí prácticamente toda España. Por los años 80 también estuve en la obra de la segunda central de Aldeadávila y conducía los enormes "Jumbos" de perforar.

El año 87 saqué el número uno de mi promoción en unas oposiciones para conductor de la Junta de Castilla y León. Puesto de trabajo en el que he estado hasta ahora que me he prejubilado y al volante me he ganado el sustento durante más de veinte años.

Quitando unos meses del servicio militar y por suerte muy pocos días de haber estado enfermo, desde aquellos lejanos años sesenta, hace casi cincuenta como expreso al principio, me he agarrado a un volante diariamente. Unos por trabajo y los fines de semana y fiestas el coche mío propio. Aquella amistad que surgió espontánea con Carlos Criado el lumbralense, por mi curiosidad hacia los "cacharros con ruedas", me proporcionó la dicha de que me enseñó y muy bien a conducir y de esta manera, manejando vehículos, me he ganado la vida. Por eso, además de recordar una cariñosa amistad, siempre irá unido, a esta citada amistad, un sincero reconocimiento y un franco y veraz agradecimiento que nunca se me olvida porque cojo el volante todos los días.

 

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Juan José Sánchez Benito

Santa Marta de Tormes (Salamanca)