AÑO: 2010 - ACCÉSIT.

 

APRENDAMOS DE LOS PÁJAROS.

En primavera de 2009 mi familia, con ayuda de una ONG, me envió a España, donde una familia adoptiva, sin pedir nada a cambio, me daría la posibilidad de ir a la escuela durante un tiempo y vivir una experiencia que me serviría para toda la vida.

A mediados de abril llegué a Madrid en un avión que me pareció el aparato más increíble que jamás había hecho el ser humano._ ¿Cómo podía volar una cosa tan grande y tan pesada?_. No me lo podía explicar, era un pájaro gigante. Cuando aterrizamos pasé mucho miedo. Me he fijado muchas veces cómo se posan los pájaros en el suelo o en una rama y lo hacen despacio, pero el avión iba tan rápido que pensé que nos íbamos a estrellar contra el suelo. No fue así, y cuando me quise dar cuenta ya habíamos aterrizado.

Aquel lugar era enorme y no creía que mi familia adoptiva me pudiera encontrar allí, con tanta gente moviéndose por todos lados. Pero cuando llegué a una puerta enorme en el edificio junto a la pista de aterrizaje, vi cómo un señor me miraba con una gran sonrisa que me recordó a la del abuelo de mi amigo Sáyid, que siempre nos quería mucho, nos enseñaba a hacer muchas cosas y nos contaba historias divertidas. Además los días que íbamos al colegio él nos recompensaba dándonos piedras con formas de animales que guardaba en su casa y que decía tenían gran valor. Aquel señor de sonrisa amable era mi padre adoptivo, me dio un abrazo y la bienvenida, y después me presentó al resto de la familia: su mujer, sus hijos y sus nietos. En total eran once, y yo pensé que era una familia muy pequeña y que el resto quizás no pudieron venir a buscarme. Pero no, después vería que las familias aquí son así. En Sahara, en mi casa somos veintitrés: mi padre, sus tres mujeres, mis 18 hermanos y yo.

Pensé que en España las cosas eran muy distintas que en Sahara, pero con el paso del tiempo me daría cuenta de que lo importante es igual.

Mi familia adoptiva vivía en un pueblo pequeño, cerca de otro país, Portugal, situado en una comarca llamada El Abadengo. Desde Madrid fuimos en coche y tardamos unas horas hasta llegar a Salamanca, donde dimos un paseo y comimos. Salamanca es una ciudad preciosa, todas sus casas son de piedra muy dura, que parece hecha de arena del desierto. No sé cómo consiguen en Salamanca hacer de la arena unas piedras tan duras para construir las casas. En mi país hacemos las piedras de las casas con barro y paja, pero no quedan tan duras. Tengo que aprenderlo, para que cuando vuelva a Sahara se lo pueda explicar a mi madre y así hacer con la arena del desierto piedras para las casas de mi pueblo, para que sea tan bonito como Salamanca._ Mi familia adoptiva no paraba de reírse, aunque yo no sabía porqué lo hacían y claro, también yo me reía al verlos. Supongo que estaban contentos de verme, de que estuviera con ellos, y yo también lo estaba, pues todos me trataban muy bien.

Mi papá adoptivo no me soltaba de la mano y me preguntaba todo el tiempo si estaba bien, y si necesitaba algo, que se lo dijese. Después de comer fuimos en coche al pueblo. Mientras íbamos de camino pude ver cómo era de espectacular este lugar: kilómetros y kilómetros de campos verdes, con muchísima hierba, salpicados de charcas, riachuelos, y árboles no muy altos _después aprendería que se trataba de encinas, el árbol más representativo de la Península Ibérica, que tiene un fruto llamado bellota del que se alimentan muchos pájaros y otros animales-, y de vez en cuando, zonas con piedras redondeadas enormes. Me pareció el lugar más bonito que había visto nunca, el color verde de la hierba y los árboles, junto con el intenso azul del cielo, mis dos colores favoritos. Además durante todo el camino pude ver muchos pájaros distintos, aunque muchos de ellos me pareció que también los había en Sahara.

El pueblo de mi nueva familia se llama Lumbrales y es el centro de la comarca del Abadengo, que está formada por otros pueblos, y cada uno tiene su encanto. La casa de mi familia era muy grande y tenían animales, como en la casa del abuelo de mi amigo Sayid en Sahara. Había gallinas, conejos y un perro, y también muchos gatos, aunque nunca supe cuáles eran de mi familia y cuáles de la vecina. También había muchos árboles, flores..., y una huerta, como la del abuelo de Sayid._ ¡Por un momento pensé que seguía en el Sahara!_. Me enseñaron mi habitación, que compartía con los dos niños de la familia, Iván y Álvaro, que me llevaban 2 y 3 años respectivamente, y que más adelante serían mis compañeros de juegos. Después de enseñarme mi nueva casa paseamos por el pueblo. Todo el tiempo nos cruzábamos con gente por la calle y nos decían "bueno" y mi familia les contestaba lo mismo. En Sahara decimos que '»Dios esté contigo", pero en Lumbrales dicen "bueno". El pueblo era grande y paseamos de un lado a otro, de arriba a abajo por muchas de sus calles. Creo que ese día me hice un plano mental en el que marqué los lugares que me gustaban para ir a jugar: el arroyo Froya y sus puentes, el parque de los columpios y las escaleras junto a la Iglesia. Tras el paseo fuimos a algunos bares a tomar un refresco y volvimos a comer, unos "pinchos" decía mi familia. Había comido tres veces ese día, y aún cuando volvimos a casa, mi mamá adoptiva hizo más comida y volvimos a comer. Me dolía la barriga de lo lleno que estaba, como si tuviera una piedra de cien kilos en la tripa. Aquella noche al irme a dormir vi las estrellas por la ventana y recordé a mis hermanos, con los que solía jugar a contarlas para quedamos dormidos. Sobre todo me acordaba de Asis, que siempre tenía hambre y le hubiera encantado estar en mi lugar y comer todo lo que yo comí ese día.

Durante los días siguientes fui a la escuela y allí aprendí mucho y lo mejor, conocí a muchos niños como yo, con los que por las tardes iba a jugar por el pueblo.

Subíamos y bajábamos veinte veces las escaleras de la iglesia, jugando a saltarlas de tres en tres y después de cuatro en cuatro, y también jugábamos en el parque de los columpios. Los niños me enseñaron también su escondite secreto, una caseta de madera que habían hecho ellos mismos con ramas de los árboles. En verano al terminar el colegio vinieron al pueblo muchos más niños, que venían de lejos como yo. Uno de ellos. Jordi, se convertiría en mi mejor amigo. Jordi era de Barcelona, una ciudad que está cerca de otro país, Francia. Con él aprendí muchas cosas. Me enseñó a jugar a los videojuegos y a andar en bicicleta, aunque eso me llevó más tiempo aprenderlo. Sobre todo jugábamos al fútbol, pues él era muy bueno de portero y siempre me dejaba que yo practicara a marcarle goles. Pero yo también le enseñaría cosas a él.

Por las mañanas en verano, trabajaba la huerta con mi padre adoptivo, como hacía en Sahara con el abuelo de mi amigo Sayid. Recogíamos los tomates, las lechugas, esto no lo teníamos en Sahara_ y movíamos la tierra para que se aireara, y cuando aún no calentaba el sol, regábamos. Había mucha agua en este pueblo. En todas las casas tenían grifos por donde siempre salía agua, y así no tenían que ir a 2 kilómetros a buscarla como hacíamos Sayid y yo todos los días en Sahara. Le conté a mi papá adoptivo cómo hacía el abuelo de Sayid para aprovechar mejor el agua en su huerta. Colocaba unas botellas alrededor del tubo por donde pasa el agua, junto a las plantas, y mediante unos agujeritos en el tubo, el agua salía gota a gota y se mantenía en la botella. Así las plantas tomaban la que necesitaban y no se derrochaba ni gota. A mi papá le pareció muy buena idea y juntos pusimos en marcha el método del abuelo de Sayid para regar la huerta.

Un día mi amigo Jordi vino a trabajar la huerta con nosotros. Le enseñé cómo se movía la tierra, cómo se regaba y se plantaban las semillas. Después recogimos tomates, lechugas y algunas frutas. Él me dijo que le gustó mucho todo, que se lo pasó muy bien y volvió más días. Quería aprender, porque en Barcelona no había huertas y nunca se hubiera imaginado que fuera así como se consiguen los tomates que comemos.

Mi nuevo hermano mayor nos llevó una tarde de excursión, a una zona que yo aún no conocía, dónde el paisaje cambiaba. Aquel sitio no era llano como el pueblo de Lumbrales, sino que tenía grandes pendientes que nos llevaban hacia los ríos Camaces y Huebra. Era el puerto de La Molinera, un lugar que también me gustó muchísimo, porque allí mi hermano nos enseño muchos pájaros, algunos de los cuales ya conocía de verlos en mi país y porque el abuelo de mi amigo Sayid siempre nos contaba historias sobre ellos. Recordé la historia que nos contó sobre la cigüeña negra, que pudimos ver junto al Cachón del Camaces, una cascada muy bonita que hay en ese río. El abuelo de Sayid nos contó que la cigüeña negra es un pájaro muy listo, pero que había otros muchos así. _La cigüeña negra pasa el invierno en África, porque en Europa hace mucho frío, y en África hace un tiempo estupendo para pasar el invierno y comer una temporada por allí. Cuando llega la primavera, la cigüeña negra vuelve a Europa, puesto que con lo que ha llovido y ha nevado durante el invierno, los campos se llenan de plantas, y así puede criar a sus polluelos y darles abundante comida para que crezcan rápido y fuertes._ El abuelo de Sayid nos dijo que los pájaros son muy listos porque obtienen lo mejor de cada lugar.

Yo he tenido la posibilidad de hacer lo mismo que los pájaros y tomar lo mejor de los dos lugares: una buena familia y un buen amigo, y en los dos lugares aprender cosas que puedo enseñar a los otros para que los dos lugares sean mejores y las gentes más felices. Aprendamos de los pájaros

 

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Juncal Rodríguez Grandes

Lumbrales (Salamanca)